Si coincides con los neonazis que campan a sus anchas por la España hortícola, es necesario echar a todos los sin papeles. Y si tienen carné de moro, más rápido aún. A tomar viento tratados internacionales, leyes, Constitución y lo que haga falta, porque eso son solo papeles que escribieron otros —seguro que políticos corruptos— para convertirnos a todos los españoles de pura raza ibérica en rehenes.
¿Lo leen verdad? Es fácil, muy fácil, taparse la nariz y soltar una barbaridad de barra de bar a lo Torre Pacheco, El Ejido y esos otros lugares donde hay más puticlubs por kilómetro cuadrado que academias de formación profesional.
Esos lugares en los que el alcalde va a misa de ocho y media, y a las diez se pasa por el forro de los cojones todo lo que significa cristiandad.
Pero lo importante es que a todos esos moros los embarquemos en el Juan Carlos I, el buque de guerra más grande que tenemos. Los llevamos hasta una playa del Sáhara —que así reivindicamos su españolidad, como ya hicimos en Perejil— y los soltamos allí, que ya irá alguien a recogerlos.
Mientras tanto, aquí, en una España ya de los españoles, lo podemos celebrar con unas cañitas bien fresquitas, que si lo hacemos bien conseguimos arreglar todos los problemas del tirón el día 25 de julio. Hay que celebrarlo de verdad: la festividad de Santiago Apóstol, que no olvidemos que fue el genuino Matamoros. Además, ya tenemos experiencia: a los moros ya los echamos en el año 1609 y a los judíos un poco antes, en 1492.
Dicho esto, luego, pasados unos días, que en Torre Pacheco y El Ejido los tomates, calabacines y demás productos de invernadero los recojan los cuatro indios que han ido a Murcia este fin de semana, en operación Kukusklan, para liarla parda a la caza del moro. Que Mohamed, de Marruecos, se rebote un poco más y cierre la frontera con Melilla, y la de Ceuta también. Que la operación Paso del Estrecho se suspenda y embarquen desde Marsella.
Y, para terminar la faena, que todos los hijos de inmigrantes que viven de los Pirineos hacia arriba se anoten dos nombres: Torre Pacheco y El Ejido, bueno y todos los que vengan detrás. Así cuando figure alguna de estas dos poblaciones de origen en las cajas de sus productos, directamente los rechacen. Que, en muestra de solidaridad con los pueblos de sus abuelos, con lo mismo que sus antecesores sufrieron años atrás, les digan a esos agricultores que uno a uno se metan esos tomates y calabacines por donde les quepan. Que ellos ni comen cerdo ni productos hortícolas de cerdos racistas.
Y como no se puede generalizar, dado que tanto en Torre Pacheco como en El Ejido hay empresarios de verdad —gente de honor y con mucho más que dos dedos de frente, hijos de aquellos colonos o emigrantes de Las Alpujarras que en plenos secarrales hicieron auténticos vergeles—, esos, que tienen la sartén por el mango, son los que tienen que salir a la calle y decir que hasta aquí se ha llegado. Que no se hace nadie una idea de lo que realmente dependemos unos de otros, de esos a los que se quiere echar masivamente de España.
Ahora bien, si esta guerra la gana Vox, de echar que echen a todos menos a los que trabajan en las obras del Paseo de Almería, que solo faltaba eso: quedarnos sin inmigrantes negros que hagan esa obra en pleno verano, que lo son en un 90 %, porque no acabaríamos el Paseo antes de la llegada del AVE a Almería.
