jueves. 04.06.2026

Yo estuve en Walili, en Níjar, posiblemente la mayor y más compleja operación de desalojo de migrantes chabolistas jamás llevada a cabo en España. Fui testigo directo del proceso administrativo previo, de la operación de derribo del asentamiento de chabolas, y de la posterior asistencia a las personas sintecho. Ojo, como en el caso de Badalona de esta semana, cada uno de los desalojados tenía un trabajo, obviamente en precario, mayoritariamente sin contrato, sin llegar al sueldo mínimo interprofesional y sin ninguna prestación de la seguridad social como trabajadores. Pero esa es otra historia.

Y les cuento esto porque alguien me decía ayer que se criticaba con cierta gratuidad al alcalde de Badalona, García Albiol (PP) por hacer lo que la gente de su ciudad le está pidiendo, y que lejos de pasarle factura le supondrá importantes réditos electorales. Y lo creo.

 Somos así de hijos de puta.

Pero la gran diferencia entre Badalona y el desalojo de Walili en Níjar,- enero de 2023- es que entonces, en aquella ocasión, y aunque no lo crean, hubo humanidad.

Las personas involucradas, y no voy a hablar de la alcaldesa del momento porque es mi amiga y no sería imparcial, lucharon por encontrar soluciones para la gente antes que para el paisaje. De hecho, no sólo fue articulado un cuidado plan de atención a los desalojados con la colaboración de todas las ONG que ya trabajaban sobre el terreno, sino que se puso en marcha un modelo de alojamientos transitorios con la ayuda coordinada de Estado, Junta y Ayuntamiento, para crear una respuesta que fuese replicable.

Esa alcaldesa ganó las elecciones, pero la suma de PP y Vox la desalojaron de la alcaldía. Mi opinión es que aquella acción desmovilizó el voto de la izquierda. No entendían que una alcaldesa progresista pudiese llevar a cabo una acción como aquella que, en su opinión rozaba lo inhumano y sólo la pedían gentes de derechas.

Bien. Ahora comparemos lo que fue Walili, con lo que es Badalona.

En Almería se hizo con el concurso, aunque fuese a regañadientes, de las ONG. En el municipio barcelonés ese alcalde del PP lo hace de espaldas a todos. Ahí radica la diferencia de lo que es desalojar y atender, o echar a la puta calle a la gente.

Lo que fue desalojar para realojar en un modelo habitacional transitorio dotado de baños, con tres comidas al día, asistentes sociales para una rápido análisis y reorientación de las personas afectadas, y hasta transporte para garantizar un traslado ordenado, sin violencia, o una semilla de odio como la plantada en Badalona.

Yo estuve en Walili, casi que formé parte de todo aquello, aunque mi papel era observar para contarlo a la gente de una forma que pudiesen entender el cómo, por qué y para qué.

Walili y Badalona nos enseñan algo extraordinariamente vital en estos momentos. La diferencia política de derecha e izquierda. Lo hace un gobierno conservador y lo que hace uno progresista. Las consecuencias de las acciones de unos y las de otros. Y por eso, cuando veo a la gente de izquierdas quemando sus propios partidos de referencia por casos que elementos como Feijoó aprovechan para hablar desde la derecha de acoso a las mujeres o igualdad, mientras se lo pasa de puta madre mirando cómo desde el jardín de enfrente se inflan de tirar piedras a su propio tejado, me acuerdo de Walili. Vamos, igualito que en Badalona. Otro día hablamos de lo que es libertad, derecho al aborto, género y tantas otras cosas desde la derecha y la izquierda, que igual toca volver con el a, b, y c de las cosas frente a los Trump y sus discípulos.

El Walili de Badalona
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