martes. 16.04.2024

Os pongo en situación: cola de caja en un Aldi de Almería, concretamente el que se encuentra en la rotonda de El Puche. Son casi las nueve de la noche, es decir, compras a toda prisa, última hora, carreras por los pasillos, movimientos mecánicos de alargamiento de brazo hacia la estantería y de ahí al carro, echando productos como alma que lleva el diablo… Este sí va en la nota, este no, pero lo meto igual… Y nervios por llegar a tiempo mientras tomas las curvas casi derrapando, y suenan por megafonía los últimos avisos. Desesperación total hasta que llegas sobre la campana a caja. Pero cuando frenas, totalmente satisfecho por la hazaña, sencillamente la cola no avanza.

Extrañado después de tanta carrera, obviamente sacas la cabeza de la cola para ver de qué va la historia, pero no hay escándalo ni nada por el estilo, solo una señora mayor, bien pasados los 70, que se deshace en elogios hacia una joven que, sin levantar la cabeza ni buscar reconocimiento de nadie, solo mira su ticket, mete la compra en su bolsa y, devolviendo una media sonrisa a la señora en cuestión, le dice: “No te preocupes, le puede pasar a cualquiera, y es lo menos que se puede hacer”.

¿Qué sucedió? Pues esa es la gran historia.

La joven en cuestión, Minerva, de poco más de 20 años y evidentemente deportista, con pantalón corto y sudadera de algodón sobre camiseta, mientras el resto íbamos de plumas hasta el cuello, zapatillas de deporte y divertido peinado en forma de palmera, dejando a la vista facciones eminentemente musculosas, iba justo detrás de esa señora que, al pasar toda su compra para varios días por el escáner de la caja, descubre que no lleva su tarjeta de crédito.

La había dejado en casa y, obviamente, ya no le daba tiempo a ir y volver. La cuestión no era dejar la compra para la mañana siguiente, sino la desazón que puede sufrir esa persona por sentirse inútil ante una situación que, por un mero accidente, escapa de su control. Y a cierta edad, sufrir este tipo de percances genera esos bajones que llevan a pensar que la autonomía empieza a peligrar. Pero ahí estaba Minerva, que al ver la escena en primera línea y entendiendo que la cajera poco podía hacer por arreglar aquel desaguisado, propuso a la señora pagar ella la compra con su tarjeta y que esta, al mismo tiempo, le hiciese un Bizum por el importe de la misma.

Sencillo, ¿verdad? Pues no lo es tanto.

Si nos ponemos en situación, la verdad es que muy pocos pueden llegar a tener la sensibilidad de Minerva, que no conocía a la señora y se prestó a sacarla de un apuro que implicaba mucho más que una compra. “¡Un ángel, un aplauso se merece!” casi que gritaba la mujer salvada por la tarjeta de Minerva, mientras repetía su nombre una y otra vez para que todos supiésemos que aún existen buenas personas, pacientes, comprensivas y de buen corazón. Personas capaces de tener sensibilidad y agilidad suficiente como para convertir en anécdota digna de recordar un episodio de esos que, a ciertas edades, sencillamente ponen de manifiesto, con cierta crueldad, la soledad de algunos otros.

El caso es que Minerva no solo ayudó a esa mujer, sino a todos los que estábamos en esa cola. A unos les emocionó el gesto, a mí me dio por pensar lo mal que vamos al ver en ese hecho algo tan excepcional como que hoy se deje por voluntad propia un asiento a una persona mayor o a una mujer embarazada en un autobús. Bueno, perdón, lo difícil es que eso lo haga una persona de media edad, porque los chavales de veintitantos no fallan. Y no se trata de que perdamos la educación, sino el norte, porque cuando olvidamos lo emocionante que es ayudar por el hecho de estar centrados en confrontar y ver cómo perjudicar al prójimo, sencillamente hemos perdido el norte y necesitamos unas cuantas sesiones de Minerva.

Encuentren a Minerva, el ángel de Aldi, y denle el premio de clienta del año o, por lo menos, un abrazo, con su permiso claro, porque si te pega una hostia te pone la foto del DNI de perfil.

Un ángel en Aldi
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