Javier Salvador. Periodista
Hace unos días me comentaban que Cruz Roja, al menos en Almería, ha tocado techo en cuanto a voluntarios. La primera conclusión es que hay tanta gente buena desocupada queriendo ayudar de la forma que sea, que algunas organizaciones ya no pueden asumir más manos para sus tareas del día a día.
Otra cosa muy distinta es que todos tengan los medios necesarios para poder llegar a todos aquellos que necesitan ser ayudados. Pero el dato es bueno, porque quiere decir que la gente está dispuesta a moverse, a no quedarse quieta.
Y existen muchos modelos de movilización, ya sean sociales o reivindicativos, pero creo que es ahora cuando toca la decisión inexcusable de formar parte de alguno de ellos.
Por ejemplo, me llama extraordinariamente la atención el caso gallego con las llamadas preferentes. Los afectados, que son muchos, muchísimos, están consiguiendo que sus políticos empiecen a plantearse en qué bando están, en el de los bárcernas, los eres y todos aquellos que dejaron hacer en su propio beneficio, o por el contrario con el pueblo.
Hay ayuntamientos en los que ya no se celebran plenos porque tienen miedo o igual lo que sucede es que por primera vez se tiene respeto al ciudadano, porque un grupo de políticos no puede acudir a un pleno y debatir sobre cualquier otro punto que no sea precisamente ése que en este momento tiene a su pueblo en pie de guerra y, además, pretender cobrar por ello.
Quizás, y sólo pienso en voz alta y con un teclado bajo las yemas de mis dedos, la razón no la tienen aquéllos que dicen que se están violando las reglas fundamentales del juego democrático con la presión ciudadano a los políticos, porque es precisamente ahí donde radica el problema, en querer llamar democracia a un modelo que no lo es.
Muchas veces me pregunto si acaso tiene más razón un político que no es capaz de alinearse con aquellos que le votaron, que aquéllos que exigen que cumpla su función de representar al pueblo ya sea para ayudar a los afectados por las preferentes o a aquéllos que sin recurso alguno están siendo desahuciados de sus casas.
En este sentido, sería muy sano que los ciudadanos acudiésemos masivamente a los plenos de ayuntamientos y diputaciones para que nos diésemos cuenta de lo que estamos pagando, del nivel de nuestros representantes y el de sus debates, de la profundidad o superficialidad con la que tratan aquellos asuntos que hablan del dinero que pagamos vía impuestos. Todos se llevaría una enorme y desagradable sorpresa.
Particularmente no soy partidario de que se persiga a los políticos hasta sus casas y que se les espere allí a diario para exigirles honradez, entre otras cosas porque de esa manera muchos ciudadanos descubrirían las mansiones que muchos de esos políticos habitan sin más recursos que los obtenidos en sus carreras políticas, y eso sí llevaría a verdaderas revueltas.
No obstante, creo que el político, por primera vez, está empezando a sentir el aliento del ciudadano. De alguna manera se siente vigilado y ello implica tomarse mucho más en serio la tarea encomendada en las urnas.
Lo veo en Galicia, en Madrid y en Cataluña, en las grandes ciudades, sobre todo, pero estoy convencido de que poco a poco será un fenómeno que se extenderá a todas las ciudades por muy pequeñas que sean, y sospecho que la presión será tal que en las próximas elecciones más de un partido se las va a ver y desear para presentar listas, porque sospecho que ya no todo el mundo quiere ser político y eso, a su vez, igual da pie a que empiecen a aflorar los políticos de verdad, que los hay.
Y esa, señoras y señores, es otra forma de tomar partido, entrar en la actividad política desde el movimiento ciudadano, organizando asambleas en tu barrio, movimientos asociativos, grupos de debate, reuniendo a gente en las redes sociales, en torno a una mesa y unos cafés, porque si ha existido un momento en nuestra historia en la que realmente haya sido necesaria la participación de todos, la voz de todos, la crítica o la aprobación de todos y que ese clamor popular se sienta y sea ineludible, ese momento de nuestra historia es ahora y para desgracia de la clase política un teléfono y una conexión a internet es todo lo que necesita un grupo de ciudadanos para ser escuchados por el resto de ciudadanos.
