martes. 16.04.2024

Aunque a todos se nos calienta la boca muy fácilmente sentenciando quién tiene o no razón, uno de los mayores problemas que afrontamos en estos momentos para seguir en esa senda de país que crece en empleo, sueldo mínimo interprofesional y que poco a poco va buscando la forma de encontrar soluciones para problemas históricos, hasta en cuestiones como el acceso a la vivienda o emancipación, no es la ley de amnistía, que Vox estalle por los aires o que Podemos caiga en picado a la velocidad de un meteorito. No, el problema real es Gaza y ese empeño que parece que tienen algunos en generalizar el conflicto bélico.

Pero vamos a ponernos en situación porque no es nada sencillo. Imaginemos que, por ejemplo, mañana entra en Melilla o Ceuta un grupo armado, mata a más de 1200 personas y secuestra digamos que a 300 vecinos entre hombres, mujeres y niños. Hemos sido agredidos y haciendo uso de nuestro derecho a la defensa atacamos con todo lo que tenemos. Habrá víctimas y el conflicto será largo y costoso humanitaria, política y económicamente. Intervendríamos al grito de no puede quedar ni uno, pero hasta cuándo se puede prolongar ese grito.

El derecho internacional tiene normas para cuantificar el daño producido y establecer la adecuada compensación, pero cómo se indemniza un daño moral de estas características.

Ahora bien ¿Cuántas manifestaciones se han visto en Gaza en las que los gazaquíes den la espalda a Hamás por la agresión primera, exijan la devolución de los rehenes o su desaparición como grupo armado?

Todos esos elementos son los que dan a Israel margen para tapar sus problemas internos con una guerra externa y, lo peor de todo, es que su poder económico como comunidad internacional, no únicamente como país, son casi ilimitados en el peor de los escenarios.

Gaza y Hamás son, también, un problema para sus propios socios protectores, y de eso nos aprovechamos todos para que ya no nos afecte ver en televisión cómo sacan a mujeres y niños de los escombros. Como tampoco nos acordamos ya mucho de la guerra de Ucrania.

El marrón es impresionante y sólo tiene una solución: el pueblo. Sólo habrá solución cuando al unísono, los gazaquíes que aún resistan con vida e israelíes que aún queden cuerdos, se vuelquen en las calles, cada uno en su país, pidiendo a sus respectivos ejércitos que paren, que terminen de una vez con esta locura. La solución no va a llegar desde fuera, y mucho menos desde sus gobiernos porque esos son los que están sumidos en la verdadera guerra, y a ellos les causa aún menos estupor seguir sumando cifras de muertos.

Hoy más de diez países han dicho a Naciones Unidas que se acabó, que no financiarán más su instrumento de ayuda humanitaria en Gaza al demostrarse o sospecharse fundadamente que una parte de sus empleados participaron en el ataque que dio pie a esta barbaridad. España se mantiene al margen, pero si Europa retira su ayuda como Unión, tendremos que adoptar la misma medida. No queda otra. Y esa es otra forma de poner fin a la guerra, aunque tomando indirectamente partido por un bando.

Y si no entendemos que necesitamos una solución por razones humanitarias, entendamos que o gritamos basta ya todos, al mismo tiempo, o el petróleo y todos sus derivados, como cualquier importación textil o de otro tipo, se nos va a multiplicar por el hecho de que en ese minúsculo lugar no seamos capaces de “imponer” la paz. Crisis, recesión, tipos de interés caros, problema para llegar a fin de mes o ir de bares, etc… que igual así se entiende mejor.

Tenemos que hablar de Gaza
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