Antes de que un titular así dé pie a un debate de gilipolleces, que son los que se producen cuando se opina de cosas que aún no se han leído, ya sean leyes, acuerdos, pactos o lo que sea, pido un poco de calma y capacidad creativa. Sé de lo que hablo. No hace mucho hice un trabajo académico sobre la nueva ley de vivienda, las expectativas sobre la misma tras más de 40 años de promesas electorales para paliar el déficit de un techo digno, y el por qué nunca llegaron a cumplirse los programas electorales.
Tenemos dos problemas que nos quitan el sueño. Uno, la falta de vivienda que, lo creamos o no, está frustrando las expectativas y la confianza en el sistema sociopolítico de todo aquel que tiene entre 22 y 38 años en nuestro país, y a lo máximo que llega es a compartir un cuarto miserable en un piso deplorable. El segundo es la inmigración. Nuestras propias frustraciones, como la de la vivienda, hacen que veamos en ellos parte de todos los problemas. Ocupan casas, trabajos, calles, bancos en los parques… Directamente hemos decidido que, según el color de la piel, también son presuntos delincuentes.
Lo más irónico es que ambos problemas van a aumentar en paralelo, a velocidad de vértigo y, si no hay solución, llevarán al electorado hacia la radicalización escorada a la ultraderecha.
Ahora bien, imaginen que hacemos algo útil en vez de seguir invirtiendo los fondos Next Generation en publicidad en redes, o en proyectos que luego las comunidades no son capaces de llevar a cabo, como las subvenciones a placas solares en Andalucía que nadie cobra. Ni hablemos de los bonos de alquiler joven.
Las administraciones públicas tienen más capacidad que nadie para promover obra nueva. Y si quieres, hasta en vez de para venta, en régimen de concesión administrativa por 25 o 50 años, lo que quieras, pero sin más expectativa que amortizar la obra y mantener las urbanizaciones.
¿Dónde está el suelo? Hay de sobra, que nadie engañe a nadie, incluso en primera línea de playa, donde la servidumbre de protección, por interés social, puede ser perfectamente ocupable en modelos de concesión y así se saca de la posible especulación.
Ahora imagina que demandas mano de obra formada en origen, especialmente para trabajar en la construcción. Y hablamos de ciclos de aprendizaje de tres meses como mucho. Pero eso sí, sólo por esa vía se garantiza una entrada regulada. ¿Suena bien, verdad?
Pues eso es lo mismo que hicieron cientos de miles de españoles: ir a Alemania, Suiza, Francia y todos esos países en los que hacía falta mano de obra para construir viviendas, principalmente, tras una guerra en la que todo se destruyó. Y los que trabajaron regladamente en esa reconstrucción pudieron quedarse.
Convirtamos el problema en mano de obra urgente, para un plan específico, que arregle un problema a quienes los ven como la causa de los suyos propios. Que sus viviendas se construyan por esa mano de obra mientras ellos se dedican a otras cosas menos duras, más de blancos. ¿Quiénes creen que han construido la Villa Olímpica de París?
O sencillamente, ¿por qué no propone alguien cualquier otra fórmula, para empezar por algo que no sea otro debate interminable que no llegue a ninguna parte? Vivienda e inmigración, unidos, pueden ser el camino hacia una solución. Una de ellas.
