jueves. 04.06.2026

Javier Salvador, @jsalvadortp

Hemos llegado a punto de indolencia tan absoluto que el hecho de que un barco llegue a un lugar próximo a nuestras costas y se encuentre un verdadero reguero de cadáveres parece como el pan nuestro de cada día. Lamento que estemos tan sobreinformados de los continuos intentos de llegada de pateras hasta el punto de que si nos pinchan no encontrarán nada de sangre, porque ya no vemos seres humanos que huyen de la esclavitud, de la explotación sexual, de países en los que corrupción ahoga las posibilidades de crecimiento. Sólo vemos números. Una patera con 32 que llegan a tarifa, otra de 22 que trasladan a Motril, 24 rescatados en las proximidades de Alborán… Ya sólo nos removemos un poco en el sillón de casa cuando en la imagen aparece un niño, un bebé, eso si sacude algo nuestras conciencias, hasta el punto de hacer una declaración de buenas intenciones en el sentido de “yo lo adoptaría”. Pero tranquilos, que muy pocos pasan de ahí.

Tenemos un problema, pero uno enorme, de proporciones que no podemos ni imaginar y esto no pasa por ponerle mas pinchos a la frontera ni mandar más vigilantes o guardias a primera línea. Somos capaces de detectar las embarcaciones con hachís con un modernísimo sistema de radar, pero no las pateras que salen siempre desde las mismas playas del mismo país, que no es otro que Marruecos y muy esporádicamente de Argelia, los días que se dan unas condiciones climatológicas muy específicas y con el atenuante de que siempre llaman a las mismas ongs para advertirles de las salidas. Pues no lo entiendo. Podemos saber dónde están las bases americanas por las señales de los móviles de sus soldados, pero no la posición de traficantes de seres humanos.

Desde la misma frontera de Melilla o Ceuta casi que se pueden divisar los asentamientos en los que miles de personas esperan el día en que organizados en grupos de unos cientos realizan un intento de salto de valla para, si lo consiguen, llegar a un centro de internamiento atestado de los que ya lo lograron antes. Pero no somos capaces de ponerle fin a las colmenas, aunque sí de negociar con Marruecos acuerdos económicos, ayudas desde la Unión Europea y todo lo que sea necesario con tal de que podamos producir allí lo mismo que aquí pero a menor precio de coste.

Empiezo a pensar que sólo nos preocupará la inmigración, el tráfico de pateras y la aparición de cadáveres en las costas desde el momento en que los grandes operadores de cruceros se cuestionen si estas rutas ofrecen un paisaje acorde con lo que cobran a sus clientes, porque esta vez ha sido un ferry, pero ¿Imaginan las reacciones en un crucero cargado de ricos prohombres y mujeres que tengan que esperar a que les aparten los cadáveres para entrar a puerto?

La desesperación de quienes esperan llegar a España se ha convertido en un negocio muy rentable para un buen número de desaprensivos al otro lado de la orilla del Mediterráneo, y puede que de la nuestra también, y esto no va a cambiar mientras que no se ataque ahí, a quienes hacen de la tragedia su fuente de ingresos. Esperar a que el tiempo acabe con esta crisis humanitaria es como aquella definición de la poetisa Charlotte Bronte sobre el ser humano desesperado “dadle cuerda en cantidad suficiente y se ahorcará con ella”, o traído a nuestro tiempo bastaría con decir eso de déjalo de lado, haz como si no existiese, que con suerte se subirá a una patera con destino a ninguna parte.

Total, a quién le importan veintiún cadáveres más.

Sólo son veintitantos muertos mas
Entrando en la página solicitada Saltar publicidad