martes. 16.04.2024

Como las leyes y las constituciones por las que se rigen los estados, nuestra forma de entender, ver y sentir las cosas evoluciona conforme proyectamos nuestra manera de vivir, influenciados por los comportamientos de la mayoría. El problema surge cuando una minoría es capaz de encontrar esos espacios por los que nuestra mente acepta sin más determinados planteamientos. Comenzamos a ver como poco importantes cosas o situaciones que antes nos preocupaban, pero que ahora hemos sustituido por otras que sencillamente hemos aceptado porque forman parte de esa corriente a la que nos llevan otros que, al igual que nosotros, se han dejado llevar. Mi opinión es que nos hemos vuelto vagos. Atacamos todo como cosas urgentes, para las que no gastamos tiempo en pensar, mucho menos en analizar, y la prueba es que si recibimos un mensaje por WhatsApp o un comentario en una red social, somos capaces de darle más importancia que si, por poner un ejemplo, nos dicen en el informativo de las tres de la tarde que hoy han muerto tantas personas en una y otra guerra, tantas mujeres han sido asesinadas o un número indeterminado de inmigrantes han muerto intentando llegar a nuestras costas o a cualquier otra.

Casi que exigimos que los profesores asuman la tarea de prohibir a los menores el uso de móviles o una ley ponga el límite, en vez de asumir nosotros mismos que esa es una tarea que corresponde a padres y madres como educadores, y sencillamente porque desde que tienen tres años somos capaces de dejarles el teléfono para que vean uno o veintisiete capítulos de Peppa Pig para que no nos molesten mientras nos tomamos un par de gintonics.

Y si alguien se reconoce en alguno de esos patrones, es el momento de parar y repensar nuestros valores.

Históricamente, teníamos un asidero de enorme utilidad al que aferrarnos, porque hasta hace muy poco hemos crecido bajo diez reglas sencillas, los mandamientos, que venían a ser como la constitución de una sociedad común que se situaba bajo el paraguas de la fe cristiana. Pero, al igual que los partidos políticos entran en crisis, todo modelo de creencia que te pide una fe ciega en principios y valores, cae si no repiensan de vez en cuando sus posiciones de origen. Y ojo, que el catolicismo lleva más de 2000 años en la cresta de la ola, que no es poco, y eso quiere decir que mal del todo no se ha hecho. Pero como en todo, siempre hay corrupción, y cuando salta, genera enormes pérdidas de credibilidad.

Por eso, porque es hora de repensar valores, el primero de todos ellos que deberíamos repensar es el de la justicia. Y no como poder, porque no hablo de juzgados, sino de aquello que les encomendamos a esos jueces que mantengan como estándares de lo que debe ser nuestra vida.

Ahora bien, ¿qué estamos dispuestos a entender como justicia? Yo lo entiendo como una manera de eliminar barreras, discriminaciones por género, por raza, religión, por lo que pienses o defiendas, porque son la base de la defensa de algo tan específico y difícil de explicar como la dignidad de la persona.

El problema es que, para empezar a repensar valores y aceptar que nos estamos equivocando, que debemos volver a la senda de ser buenas personas y no borregos que van tras siglas o banderas, hay que dar pasos y nadie se atreve a dar el primero. La mejor fórmula para descubrir lo mal que vamos, es decir en voz alta aquello que vemos mal, lo que cambiaríamos, y siempre habrá algún tonto que achacará sus problemas a un presidente de un gobierno o a una alcaldesa.

Yo, por ejemplo, lo primero que cambiaría sería el estándar de libertad de expresión en redes sociales. No aceptaría ningún perfil de nadie que no sea capaz de actuar con su nombre y apellidos, haciendo, además, responsable civil subsidiario a la red social que albergue el perfil anónimo en caso de injuria, calumnia, intromisión en el honor, falsedad en la información, etc. Si quieren jugar a ser medios de comunicación, que participen, pero con las reglas de juego de los medios de comunicación.

Repensar los valores
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