Juan Checa García fue un abogado penalista almeriense de aquellos que, a finales de los 80 y principios de los 90, acumulaban fama, buenos casos y un aura casi literaria. Una cosa llevaba a la otra, y aquella estampa de barba cerrada, gafas gruesas y pipa siempre encendida le añadía un plus a la imagen del abogado que no solo era bueno: era un personaje. Y los personajes, ya se sabe, son la base de una buena historia. Juan Checa la tenía y algún día, alguien o entre muchos, se podrá contar.
Murió el pasado 28 de octubre de 2025, y el 27 de noviembre sus familiares organizaron la misa en su recuerdo. Quizá sin reparar —o quizá sí— en que ese mismo día, pero de 1989, se celebraba en la Audiencia Provincial de Almería, con Juan Ruiz-Rico Ruiz-Morón presidiendo, una de las últimas sesiones del Crimen de Matagorda. Un caso turbio, casi bíblico en su lógica de ojo por ojo, entre familias de etnia gitana. Aquel doble asesinato terminó catapultando a Checa al primer plano de la abogacía local.
Recuerdo incluso la pelea en los pasillos: familias enfrentadas, gritos, amenazas de muerte en el aire de enero. Tres hermanos acusados; uno defendido por el legendario Darío Fernández —sí, el del Caso Almería—, otro por José Antonio Galdeano y el tercero, José Cortés, en manos de un jovencísimo Juan Checa. Su cliente quedó absuelto pese a que la Fiscalía pedía más de 140 años para el grupo. Los otros dos condenados. Aquello no solo le lanzó: le certificó.
Conozco la historia porque yo estaba allí. Era el ayudante de redacción que hacía de periodista de tribunales para La Crónica. Y entre Checa y nosotros se creó una complicidad que transformó un juicio local, condenado al silencio de siempre, en un acontecimiento que llenaba páginas, cafés y sobremesas. Entre suspensiones, sobresaltos y togas, estuvimos metidos en aquello hasta enero de 1990. Catorce sesiones. Y tantas conversaciones que hoy solo sobreviven en la memoria y en algún blog perdido en la red.
Forjamos una amistad curiosa: él, abogado en ascenso; yo, periodista extremadamente joven con cuaderno ilegible, grabadora y cámara prestada, y vocación de contar. Y en ese intercambio —sin saberlo entonces— se abrió una puerta para recuperar un espacio casi perdido en aquellos años y que acabaría contagiando a jueces, magistrados y abogados, dolidos por la indiferencia de los medios de comunicación, pero necesitados de su ayuda para acercarse a una sociedad temerosa de lo judicial. Todos ganábamos: en aquellos años los sucesos estaban monopolizados entre José Ángel Pérez y Antonio Giménez, dos históricos en esto de los sucesos, pero ninguno tenía tiempo para la liturgia diaria de los juicios in situ. Ahí entraba yo. Y ahí estaba Checa, siempre dispuesto a iluminar la trastienda, presentarme abogados, explicar lo que no entendía. Y en aquellos años era mucho. Casi como ahora.
Él ganó fama. Y yo gané una llamada que me sacó de La Crónica para saltar a IDEAL y hacerme cargo de sucesos y tribunales. Lo que vino después fueron horas de trabajo, confidencias interminables con Isa —su inseparable secretaria— y la bonhomía de Luis, su marido. Una etapa luminosa, de esas que uno no reconoce como tales hasta que ya pasaron.
El otro día, cuando me planteé escribir unas líneas sobre Checa, recordé al empleado de una aerolínea cuyo único cometido era acudir a los entierros de quienes alcanzaban cierto rango en la compañía. No quiero convertirme en eso: el de los obituarios de las personas que me han marcado. Primero, porque no tengo estómago para tanta muerte. Y segundo, porque las personas siempre son más que la parte que uno llega a conocer.
Lo que sí quiero es abrir esta primera página, este cuaderno de bitácora —cómo no— para que quienes compartieron vida, profesión o anécdota con Juan puedan sumar recuerdos amables para sus descendientes. Una memoria coral, como aquellas conversaciones de pasillo que nunca se escribieron pero que construyen una vida mejor que cualquier sentencia.
Aquellos años con Juan fueron buenos. Muy buenos. Historias, humo, personajes enigmáticos de la comunidad musulmana y, cómo olvidarlo, aquel mantra suyo: “Tendrías que hacer Derecho, seríamos la leche”. Y al final sí, lo hice. Pero no nos dio tiempo a terminar esa historia conjunta. Dicho de otra forma: ver, no veía mucho; pero vista, la tenía larga de más.
Quizá este texto sea mi manera de saldar esa deuda. O quizá no. Al final, los homenajes verdaderos son los que dejan abiertas las preguntas. Y esta, la de quién fue realmente Juan Checa, todavía merece más voces que la mía.
