El odio que hoy ves en las redes sociales en forma de publicaciones con injurias, calumnias, humillaciones gratuitas, imágenes tuyas difundidas sin tu consentimiento, etc., mañana será violencia física en las calles. Así declaro. Hoy se toman la mano, mañana será el brazo.
Ese que hoy se esconde tras un perfil falso que parece que es menos grave porque les llamamos trolls, y en inglés suena como mas cool, no es otra cosa que un cobarde con pseudónimo. Se envalentona precisamente porque no da la cara, pero no vale más que ese abusador que engaña a menores, que se hace pasar por alguien guay en las mismas redes sociales en las que puede campar a sus anchas tu propia hija.
Si hoy aceptamos que un indocumentado suba a redes sociales una imagen creada por inteligencia artificial o montada con Photoshop, que me da igual una cosa que otra, para denigrar la imagen de una persona, estamos abriendo la puerta a un territorio que se cree sin ley. Y ojo que esa violencia provoca enormes daños emocionales y hasta suicidios. Tonterías las justas con estas cosas.
Es muy difícil entender cómo hemos llegado a esta situación, en la que hasta somos capaces de dar credibilidad a lo manifiestamente falso, porque la mera osadía de la publicación genera dudas de que pueda albergar algo de verdad. Y no es así, la duda razonable tiene como objeto no aceptar nada que no pueda mostrarse como categóricamente cierto. Pero el que quiera profundizar sobre cómo nos afecta el actual modelo de redes sociales, que busque sobre la alegoría de la caverna de Platón y lea un poco, que esto es tan moderno que ya nos lo contaron cuatrocientos años antes de Cristo. Casi nada.
Ejemplos recientes. No hace mucho en la puerta de la sede del PSOE de Madrid, aquellas revueltas fueron la traslación de cientos, miles de publicaciones injuriosas, falsas, calumniosas, que al no tener respuesta no encontraron oposición alguna para convertirse en algaradas callejeras. Pero fíjense que condenamos a unos impresentables por colgar a un muñeco que representaba a un jugador de fútbol, pero no hacemos nada si la figura que se apalea es la del presidente del gobierno. Ahora imaginen lo que hubiese pasado si alguien de aquella manifestación hubiese gritado ¡A esa, a por esa que trabaja con Pedro Sánchez! La muelen a palos.
Si unos niñatos fabrican imágenes falsas de sus compañeras desnudas y no les pasa nada o la red social que utilizaron para difundirla no paga por ello, con lo que seguirá permitiéndolo, el siguiente paso será que intentarán abusar de esas mismas niñas u otras en los baños de un centro comercial. Y además en pandilla.
Esta es nuestra realidad, y la capacidad de acción está en cada uno de nosotros. En cada una de aquellas personas cuya dignidad ha sido seriamente agredida. No importa el medio de comunicación en el que se produzca el daño, sino la agresión en sí, que pueda ser tipificada, reconocible dentro de lo ya escrito en nuestras leyes. Y en la mayor parte de los casos lo está, como la injuria con publicidad, la calumnia, etc.
En 2015 empezamos a ver que el hecho de haber trasladado nuestras vidas a las redes sociales las convertiría en ese lugar en el que nacerían la mayor parte de los pleitos entre las personas, y la respuesta no fue otra que especializarnos en esa área, la responsabilidad civil de las redes sociales como los medios de comunicación en los que se iban a convertir. El derecho al honor.
En periodismo se tiene muy claro que una sociedad es el reflejo de sus medios de comunicación. En derecho tenemos muy claro que los derechos de los demás, como el de la libertad de expresión, terminan donde comienzan los tuyos. Las redes sociales son los nuevos medios de comunicación y tú eres quien decides dónde está límite de lo que padecerás mañana, de lo que ya está pasando a otros hoy.
¿Hablamos de ello?
