jueves. 04.06.2026

Hace unos ocho años. Mediados de octubre. Un Ford Kuga circulaba por la calle María Casares en dirección al cruce con la Avenida Maestro Gaspar Vivas. Un camión de reparto de garrafas de agua se comió un ceda el paso como una catedral. Su carga, sumado a la velocidad que llevaba, generaron una fuerza de impacto de tal magnitud, que dejaron el coche en tales condiciones que el seguro decidió unilateralmente declararlo siniestro total. Aparentemente no existía opción de negociación. Conductor y ocupante del Kuga no sufrieron daños que pudiesen verse externamente. Tenían una cita importante, así que terminaron cuanto antes el atestado con la Policía Local y se marcharon del lugar en taxi mientras policía y servicios de limpieza retiraban restos y coche. No pidieron que hiciesen pruebas de alcoholemia, drogas ni nada por el estilo. Los repartidores eran chicos jóvenes que, sencillamente, dieron pena a sus víctimas y la policía tampoco tenía muchas ganas de estar allí. Llovía, y hacía frío.

Al día siguiente aparecieron dolores en articulaciones y otros efectos. Para algunas personas si no hay sangre, no se pierde el tiempo. La vorágine del trabajo y la preocupación por la pérdida del vehículo, que estaba en perfectas condiciones, ponen en la cola de las tareas hablar con un abogado especializado en accidentes. Nunca te piensas que tu seguro va a jugar en tu contra. Nunca piensas que siendo la víctima, habiendo intervenido la policía, y actuando de buena fe para no buscarle la ruina a un par de chavales que en definitiva trabajaban como repartidores y en condiciones que, seguro, no eran las más idóneas, eres tu quien, encima, llevas la carga de todo el trabajo para demostrar el daño que te han hecho.

Yo era el segundo ocupante de ese coche. Iba camino de la apertura del curso académico. Mi primer día de estudios de derecho. Lo que me importaba era mi coche porque, sencillamente, me hacía más daño la pérdida del vehículo que cualquier otro golpe recibido. 

Yo quería, necesitaba que me lo arreglasen, porque estaba seguro de que la compensación no llegaría, como sucedió, ni para uno malo y de segunda mano.

Los dolores de codos y cervicales que arrastramos conductora y ocupante durante cuatro meses no acabaron hasta que, al final, acudimos a nuestro seguro médico en busca de soluciones. Los dolores de cabeza que nos ocasionó el hecho de confiar en nuestra compañía de seguros, se prolongaron algunos años más. 

Aceptar por puro desconocimiento ese criterio de “siniestro total” sólo me dejó sin coche físicamente, porque impositivamente seguí pagando tasas municipales un par de años más. Resulta que me tocaba a mi esa parte del papeleo.

Y como ese, decenas de detalles que sencillamente me comí por, cuando menos, no dejar en manos de un abogado aquella negociación. Y no se trata de llegar a juicio si o sí, o que tengas que ir a urgencias fingiendo nada. Me niego a ello. Sino a evitar que se aprovechan tu debilidad del momento, que otros hagan uso de ello para su beneficio y tu perjuicio..

De aquella experiencia aprendí dos cosas: el número de teléfono de tu abogado especialista en accidentes tiene que ir pegado a tu carné de conducir ¿por qué?, porque es un documento que sólo vas a sacar cuando te multen, expedienten o tengas un accidente. Con toda seguridad, el hecho de tener a tu abogado cerca te puede ahorrar infinidad de problemas.

Segundo, aquella primera lección que me dieron de es mejor un mal acuerdo que un buen pleito se queda ahí, en la primera hora de la primera clase de derecho. Ahora que decida mi abogado especialista.

Pegado al carné de conducir
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