Javier A. Salvador, @jsalvadortp
Para un almeriense es duro decir eso de envidio a Granada porque, lo reconozcamos o no, siempre ha existido una cierta rivalidad que no pasa de la anécdota, pero está ahí, en el ADN almeriense. Para que los foráneos se hagan una idea, ese mirar de reojo llega hasta el punto de que tenemos nuestros dichos populares del tipo a ese de que "quien tiene un primo en graná, tiene primo, ni tiene na". Atesoran la Alhambra, la estación de esquí y hasta parece que sierra Nevada sólo es granadina, como las alpujarras, y por si fuera poco ya no sólo nos vacilarán de que tienen Ave, pues ahora también nos van a restregar que ellos ya han puesto fin al festival de los secretos a voces sobre la corrupción urbanística o el tráfico de influencias, algo que en Almería no vamos a conseguir quitarnos de encima pese a que seamos la tierra de un Algarrobico en proceso de derribo. O puede que sí nos quitemos algún día esa espina de la presunta corrupción, porque esa nueva generación que poco a poco renueva la administración de justicia y que en la mayor parte de los casos llega sin hipotecas sociales locales, parece dispuesta a no dejarse impresionar por ninguna vaca sagrada. La Ley es la Ley y los jueces aplican justicia, pero hasta que se llega a ello el camino es largo, muy largo, aunque por ahora ese tren ha llegado a Granada y veremos si continúa hasta Almería.
Al sur de Granada estamos, en cierta medida, acostumbrados a sufrir de tal manera que casi somos el atlético de Madrid en la liga de las provincias de Andalucía. Tenemos un enorme potencial pero por una cosa o por otra, nos alimentamos de sueños y decepciones en la misma proporción y los éxitos, cuando llegan, son proporcionados por la fuerza de la cantera, de la gente de aquí, porque no suelen prodigarse las ayudas externas.
En Almería miramos con cierto asombro cómo caen por todas partes lo protagonistas de los secretos a voces, esos que han hecho de la política un oficio oscuro pero del que se obtiene un enorme rédito y que han convertido el error de la generalización de la mala imagen de la clase política en su principal escudo. Centros comerciales ilegales, terrenos que supuestamente no se podían edificar en determinadas condiciones convertidos finalmente en urbanizaciones, salinas que estaban en dominio público y sobre las que años antes de que se declaren urbanos se presentaban enormes desarrollos urbanísticos para los que ni tan siquiera existían previsiones de dotación de servicios públicos, acantilados que desaparecen, solares que se compran por cargos políticos antes de ser recalificarlos "por si suena la flauta" y das un pelotazo. Obras públicas que se contratan meses después de que estén hechas y un largo etcétera que emponzoñan el día a día de una provincia que, para más sentimiento atlético, se queda fuera de todas las asociaciones de interés económico entre provincias para aprovechar el nuevo boom turístico que se sabe viene de camino y, además, para quedase unos cuantos años.
En Almería los secretos a voces se han convertido en extensos seriales en medios de comunicación nacionales. Eso de que cuando el río suena agua lleva aquí nos condena a vivir la sensación de que el día que veamos la riada nos convertirá en el hazmerreír de un Estado que no para de lamerse las heridas de la corrupción popular.
En ocasiones como ésta es cuando tienes la sensación de que Almería está demasiado abajo, en un rincón donde parece que es difícil llegar, porque es muy difícil que el río lleve tanta agua y que nadie oiga como suena.
