jueves. 04.06.2026

Javier Salvador. Periodista

A los niños les enseñamos en las escuelas el amor por los animales, la importancia que tiene preservar las especies en peligro de extinción e incluso nos pegamos la vacilada de contarles que todos somos iguales, y eso que sabemos que no es así, que estamos los ciudadanos, la nueva nobleza que son los políticos y esos de allí arriba a los que llamamos familia Real. Y habrá que ver lo que hay de realidad en lo que conocemos de ellos. Pero cómo le explicas a tu hijo que su rey mata elefantes por deporte, sólo eso, y luego hablamos del coste de la juerguecita, de qué carajos hacía allí y de si es o no desproporcionado abrir el debate de la abdicación por este tropiezo.

Entiendo al cazador y sobre todo al cazador rico que tiene pasta suficiente para permitirse pagar varios millones de las antiguas pesetas para pegarse el gusto de matar un elefante. Y entiendo, además, que gracias a ese sacrificio, las reservas privadas o concesiones de caza son el principal baluarte de esa recuperación de especies porque por su bien son los que más trabajan en mantener ese equilibro entre ejemplares vivos y los condenados a morir año tras año. Lo entiendo pero no lo comparto, porque algún día saldrán a la luz las cuentas de la ayuda que se ha dado a esos países para que, entre otras cosas, conserven esa fauna que sólo ellos tienen.

Vale, hasta ahí una parte del debate, que no deja de ser importante. Pero lo que realmente nos repele es que nuestro rey, el jefe del Estado español, sea el matarife. Verle con la escopeta en los brazos unos minutos antes de romperse la cadera, que es toda una desgracia, pero tampoco podemos olvidar que el elefante que había a sus espaldas en la foto se llevó la peor parte.

Ni tan siquiera me voy a meter en el asunto de si con la que cae, era o no conveniente que el rey de España fuese a cazar elefantes. Tampoco si es o no sospechoso que acepte esos regalos de algunas empresas. Me quedo solo con la imagen que desde hace un par de días detestan todos los niños de este país, y los no tan niños, porque si hacemos una encuesta, y la haremos, nos vamos a dar cuenta del apoyo que la casa real tiene en estos momentos. Y hay que joderse, pero todo sale a relucir el mismísimo día de conmemoración de la segunda república.

Pero esos niños y no tan niños son, precisamente, los que con sus impuestos se verán obligados a pagar las cacerías futuras de una familia real que igual desde este momento no entienden demasiado bien y quizás por ello, porque no quieren a un mata elefantes a su lado. Yo, particularmente, no rechazo en absoluto el debate de la abdicación, todo lo contrario, creo que es el momento de plantearlo y que sea el pueblo el que decida si quiere o no una monarquía.

Creo que España ha sido muy generosa con la monarquía española, sin quitarle sus méritos, pero ya están bien cobrados, y creo que todo tiene un principio y un final, y que ese final puede aplazarse mientras no se traspasen ciertas líneas rojas, y temas como el caso Urdangarín o la cacería de Botsuana son algunas de las más recientes y serias.

Soy consciente de que los hay que le tienen muchas ganas a la institución real como tal, y por ello debían ser precisamente ejemplarizantes y no llegar a convertirse en lo que hoy son, el chiste de todo foro o red social de internet, el objeto de las burlas de cualquiera que sepa manejar un montaje fotográfico y poner a circular el cartel de un rey rambo mientras elefantes y leones escapan entre risas. Pero junto a esa ironía típica española está la ira de un pueblo que no se identifica con un anciano de cacería de elefantes.

No quiero un mata elefantes
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