jueves. 04.06.2026

Javier A. Salvador, teleprensa.es

Hace muchos años, cuando creía que debía entender el pensamiento político para poder hablar de política e incluso intentar hacerla, me dio por leer discursos de los grandes personajes que lideraron la reorganización del mundo tras la segunda guerra mundial,  como Churchill, y de algunos que debieron estar pero no llegaron y pese a ello dejaron su legado, como Roosevelt, porque era en el discurso donde estaba la verdadera esencia del gran político, del genial comunicador, y daba igual escucharlo que leerlo, porque prácticamente surtía el mismo efecto. Una vez alguien me recomendó que leyese los discursos de Adolfo Suárez y, la verdad, en principio no me sedujo mucho la idea porque la imagen que tenía de él a los 19 años era la de un tipo al que le habían dado leches por todos lados, un presidente abandonado, del que todos hablaban maravillas pero al que nadie votaba. Recuerdo, siendo yo muy niño, algunas escenas de la euforia que provocó el triunfo de UCD en mi entorno familiar tras una campaña plagada de seiscientos con altavoces mas grandes que el propio vehículo y cancioncillas pegadizas que sonaban y sonaban, insistentes y cansinas como las de barraca de feria. Y al  final leí algunos de sus discursos y me emocioné con aquellas palabras de despedida, pero antes me entusiasmé con su “pedimos el sí” para el referéndum sobre la Reforma Política que abrió la puerta a nuestra actual democracia. Me quité el sombre con el discurso en la diputación provincial de Barcelona hablando de la identidad Catalana en nombre del Rey y Franco aún en la mente de todos y, en definitiva, de todos esos textos siempre saqué una extraordinaria sensación, porque en verdad aquel hombre del “puedo prometer y prometo” creía sinceramente que una jornada electoral era el día en el que gobernaban el conjunto de los ciudadanos.

Suárez, a quien hoy lloran aquellos que le echaron de Moncloa, los que le traicionaron en su partido y quienes le llamaron traidor por abrir España a un futuro elegido por los españoles, puede que no fuese el mejor presidente del gobierno de la historia de esta nación, que es muy larga y completa, pero sin duda todos parecen coincidir en que fue el mejor que este país podría haber tenido en ese preciso instante.

A mí, que lo único que conocí de él de forma directa es que veraneaba en aquella preciosa finca junto a las Salinas de Cabo de Gata, frente a la que casi parábamos para ver si veíamos al presidente mientras la Guardia Civil nos invitaba a seguir nuestro camino hacia la playa, me queda en la memoria lo estudiado, leído y escuchado, pero sobre todo la sensación de que fue un gran político porque era realmente generoso.

De todas sus frases hoy les dejo una para que reflexionen sobre ella trayéndola al presente, a nuestros días, porque para nada está fuera de contexto: “Quienes alcanzan el poder con demagogia terminan haciéndole pagar al país un precio muy caro”. Palabra de Adolfo Suárez.

 

 

 

No lloren a Adolfo Suárez, imítenle
Entrando en la página solicitada Saltar publicidad