Javier Salvador. Periodista
Hay dos cosas que realmente me ponen para arrancar ese puntito de inspiración que te hace falta para sentarte delante del ordenador y empezar a escribir. Una es mirar las efemérides y otra escuchar de vez en cuando a Iñaki Gabilondo.
No se trata de que te falten cosas por escribir, y mucho menos si se trata de hablar sin tapujos de chorizadas de políticos o de cosas que te llaman realmente la atención, como que un niñato metido a vicepresidente de diputación que se compraba los coches de la mano del mayor enemigo de su jefe, adquiera a los dos días de ocupar el puesto una casa de esas para las que tienes ahorrar toda la vida. Pero, hay que joderse, tener que escuchar de un proveedor de su administración el listado de detallitos que le han puesto, y repito, le han puesto, resulta esperpéntico. Y claro, inmoral.
Por eso, ayer, cuando escuchaba el España no Funciona del jefe Gabilondo, una opinión que no tiene desperdicio, pensaba en una sola cosa y es que España, como nación o como conjunto de ellas dentro de un mismo Estado, se va a la mierda ya no por la desaparición de valores básicos o por la pérdida de sentido común generalizada ante tanta inmoralidad, sino por la complicidad de todos y cada uno de los españoles o ciudadanos de cada una de sus comunidades.
Inmoralidad o que no es relativo a las acciones o caracteres de las personas, desde el punto de vista de la bondad o malicia, es una forma de decirlo si queremos englobar absolutamente todo lo que pasa, pero el problema es que mucho de lo que ahora catalogamos como inmoral y con ello relativo al fuero interno o respeto humano, ajeno al ordenamiento jurídico, no es precisamente ajeno a ese orden jurídico. Y precisamente la separación de poderes escrita en la constitución era la garantía de que estas cosas no llegasen a pasar. Pero ya ven, un juez puede condenar y el político absolver. A partir de ahí adivinar quién tiene el verdadero poder no es muy complicado.
Estamos tachando como sinvergonzonerías políticas verdaderas comisiones de delitos que nadie se atreve a investigar o denunciar porque los tentáculos del pulpo con cargo son tantos que de una forma u otra, al final, se conseguiría tapar.
No sabemos si los jueces no tienen medios, tiempo o ganas. Si la policía es competente o no, pero lo cierto es que en un país como España, con su situación actual, quienes tienen que dar ejemplo de rectitud se han convertido en la curva por excelencia, y ya han dejado claro que entre ellos no lo van a solucionar aunque sí estén dispuestos a los arreglos que sean necesarios para que no les salpique demasiado el barro.
Reconozco que muchas de esas inmoralidades se han cometido por el sometimiento de los medios de comunicación a una coyuntura económica en la que callar y mirar hacia otro lado se ha convertido en la fórmula para el suero que mantiene una esperanza de vida irreal, cuando el origen de la enfermedad fue precisamente ese, aceptar que el sustento del modelo fuese el silencio ante tanta inmoralidad.
Los españoles, o si quieren que lo vistamos de otra forma nos llamamos los habitantes de este Estado, tenemos una enorme responsabilidad ante nosotros y los que nos sucederán, y quizás la primera piedra que nos ayude a recomponer algo de ese orden perdido sea dar el calor, la confianza y la seguridad necesaria para que la justicia sea justa, como poder del Estado independiente y garante de derechos y deberes. Y el segundo, conseguir que los medios de comunicación, como ese cuarto poder no escrito que siempre ha representado a los ciudadanos en su más amplia expresión, recuperen la libertad para contar todo aquello que sucede y no sólo lo que se debe, conviene o puede.
