Durante todo el invierno hemos visto cómo el humorista David Broncano pregunta algo tan incómodo de responder como de reconocer: ¿Te consideras más racista o machista? Porque, de boquilla, todos somos muy guais, pero, a la hora de la verdad, ni te repartes equitativamente las tareas propias de la vida en pareja, ni hemos aceptado aún que la diversidad racial es una fuente de riqueza y no una amenaza. Claro, pero depende de cómo la gestiones.
Como es verano y, sinceramente, no tengo demasiadas ganas de calentarme la cabeza, recomiendo ver, lo primero de todo, un documental que se titula El impacto universal de la II Guerra Mundial. Y lo recomiendo porque aterra comprobar las similitudes de aquello que sucedió con esto que sucede ahora.
Los silencios cómplices o el mirar para otro lado, permitir pequeñas fisuras en el Estado de derecho o modelos erróneos de lucha contra el extremismo nos llevaron a lo que todos conocemos como la II Guerra Mundial. Lo genial de ese documental es que intercala lo que sucedió, precisamente, con lo que está hoy sucediendo. Y sí, he escrito exactamente “modelos erróneos de lucha contra el extremismo”, porque, si no quieres que los Ejidos, Torrepachecos o Jumillas de hoy te lleven al nazismo de entonces, tienes que atajarlo. Y si los promotores de estos movimientos han aprendido a jugar con la interpretación y la jurisprudencia para evitar la acción de la justicia, no queda otra que legislar de forma más clara y específica para erradicarles.
En Alemania, por ejemplo, a los nazis se les ha mantenido fuera del mapa político con legislación específica, la misma que han sabido sortear para hacer renacer los mismos sentimientos con distintos nombres y colores. En España, a los fascistas los escondimos tras una amnistía en 1977, y los herederos ideológicos de sus beneficiarios son, precisamente, quienes claman al cielo por la amnistía de 2024 para la normalización en Cataluña, y tras estar al filo de una verdadera catástrofe.
Ahora bien, ¿dónde están los límites? Pues, por ejemplo, dice el Constitucional, en una sentencia de los tiempos de Rajoy —es decir, que no puede reprocharle nada desde la derecha—, que “puede considerarse necesario en las sociedades democráticas sancionar e incluso prevenir formas de expresión que propaguen, promuevan o justifiquen el odio basado en la intolerancia”.
Y dice mucho más, pero es muy interesante este párrafo: “El delito de enaltecimiento, como el de incitación al odio, no requieren un dolo específico, siendo suficiente la concurrencia de un dolo básico que ha de ser constatado a partir del contenido de las expresiones vertidas. El dolo de estos delitos se rellena con la constatación de la voluntariedad del acto y la constatación de no tratarse de una situación incontrolada o una reacción momentánea, incluso emocional, ante una circunstancia que el sujeto no ha sido capaz de controlar”. Es decir, que, si hay premeditación para hacerlo, por muchas piruetas que pegues, alma de cántaro, estás “promoviendo o incitando directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia contra un grupo, una parte del mismo o contra una persona determinada por razón de su pertenencia a aquel, por motivos racistas”. Y eso es un delito penal.
