Javier A. Salvador, @jsalvadortp
Antes de querer ingresar en los grupos vips de atracción turística, como ese que se ha generado entre Málaga, Granada, Sevilla y Córdoba, toca mirarse al ombligo con cierta crudeza y conocer esos defectos que tienen arreglo con un mínimo esfuerzo, porque ver resultados a corto plazo entusiasma, genera buen rollito y anima a seguir tomando medidas.
Por ejemplo, cuando nos levantamos de la cama todos nos vemos estupendos, no nos sobra ni nos falta nada, pero en mi caso concreto es efecto de la gravedad y la somnolencia. Si me miro objetivamente a los pocos minutos sé que estoy gordo, pero si tomo la determinación de ponerme a dieta y entrenar un poco lo puedo solucionar. A un problema una solución sencilla o por lo menos que depende de mi.
Pues bien, Almería tiene a su alcance mil y una actuaciones, minúsculas algunas y otras que necesitan algo más de programación, que pueden generarle un cambio de imagen si no espectacular, si razonablemente visible.
Si nos ponemos en la piel de aquellos que llegan a Almería el trabajo a realizar es precisamente que el primer impacto visual no sea algo que les lleve a exclamar eso de ¡hay madre mía, dónde me he metido! Que también es cierto que cuando se toman cuatro cañas con sus correspondientes tapas se les olvida todo, pero hay que afinar más si queremos estar en las ligas superiores del turismo.
Lo creamos o no el aeropuerto es ese punto estratégico por el que pasan aquellos que más nos interesan, pues son precisamente lo que tienen un poder adquisitivo alto. No se trata de que nos olvidemos de los tiesos, porque en ese caso qué sería de la mayor parte de nosotros, sino de aprovechar que el margen que dejan esos que llegan y se van volando es mayor y, además, son quienes más nos interesa que hablen de nosotros.
Cuando se bajan del avión encuentran una terminal genial, diría que cojonuda, pero cuando van a cubrir el trayecto hasta Almería, ya sea por la costa o por la autovía del aeropuerto, la imagen es lamentable. Si llegan a la ciudad por la vía rápida se van a encontrar con unos arcenes que parecen no haber sido limpiados o podados desde que se construyó la dichosa carretera. Ni que decir tiene que el estado del asfaltado convierte la experiencia en algo de cine, porque por muy cómodo que sea el coche parece que vas en coche de caballos debido al número de baches que te comes. Y bueno, esta es la tierra del spaguetti western, pero tampoco hay que abusar de esa buena sensación de que da llegar a una ciudad en la que el 95% de los días luce un sol del carajo, porque además de condiciones naturales, necesitamos de la mano del hombre para arreglar aquello que precisamente el hombre ha estropeado por no mantenerlo, es decir, nuestra imagen.
Imaginen que un viajero llegase a Almería y encontrase una vía de acceso limpia, bien podada, con algunos carteles institucionales dándoles la bienvenida, proponiéndole destinos posibles como los museos, playas, La Alcazaba.
No se trata de convencerles de nada, sino de mostrarles-recordarles lo que hay y aquello que se pueden perder o dejar para una segunda vez. Y no, los invernaderos no son un estorbo, sino todo lo contrario. Y es más, el día que sepamos ponerlos en valor, devolverle a la agricultura bajo plástico el apelativo de cultivo de primor, contarlo y explicar el porqué, daremos un paso de gigante, pero ese es otro objetivo con distintas tareas.
A lo que vamos. Ahora cierren los ojos y vuelvan a hacer el recorrido mentalmente, desde el aeropuerto hasta Almería, pero en un entorno amable, limpio, con mensajes cuidados y pensados para llamar la atención ¿saben lo bonito que sería que un visitante levante la vista del whatsapp para maravillarse del entorno? Pues ese es, por ejemplo, un objetivo sencillo, ejecutable con tareas baratas y en un corto espacio de tiempo.
Si a día de hoy haces ese recorrido lo normal es llevarte las manos a la cabeza creyendo que llegas al inframundo de ese mar de plástico de serie televisiva en el que todo puede convertirse en realidad con muy poquito que rasques, porque el escenario ya viene puesto.
Y lo peor de todo es que éste es sólo uno de los muchos ejemplos que podemos contar y, porque no, contaremos.
