Javier Salvador. Periodista
Directamente podemos mirar hacia otro lado, seguir cada uno por nuestro camino y bajar la mirada cuando lo que tenemos enfrente no nos guste porque muestre una realidad que en cualquier momento puede ser la de cualquiera de nosotros, pero ello no nos hará más felices y mucho menos alejará los fantasmas.
La gente, en la calle, la gente corriente, tiene miedo.
Mientras la clase política habla de esperanza, de trabajo y sacrificio, en las aceras, en las oficinas, en los taxis y en los hospitales, en cualquier lugar ya no es incertidumbre o incredulidad lo que se respira, sino miedo, y miedo de verdad, porque la única certeza que tienen en estos momentos es que están solos ante el peligro.
Y esos peligros son el paro, el cierre de empresas, la imposibilidad de encontrar un trabajo, un crédito o la ayuda necesaria para abrir una empresa.
El miedo paraliza y la experiencia enseña cómo el temor discurre a veces mejor que la esperanza, y éste es uno de esos momentos. Pero la causa principal es un calendario electoral que hace a todos estar expectantes para ver si de una vez se termina la fiesta de los partidos y se ponen a trabajar. El principal problema es que la confianza en que de ese manos a la obra salga algo concreto es nula, y a día de hoy hay más certezas de que todo se arreglará conforme se solucione en el exterior que del hipotético caso de conseguir remedios caseros para esos casi seis millones de parados que se esperan para dentro de poco.
Si a esto le unimos que se empieza a mirar a la clase política ya no con desconfianza, sino con rabia que raya el odio, nos vemos obligados a buscar un equilibrio necesario aunque ello obligue a tragar sapos.
Estamos en la cuerda flota de la desestabilización social, del inicio del caos, y si hace unos meses decíamos que era increíble que en un país con más de cuatro millones de parados la gente no saliese a la calle a protestar, dentro de muy poco nos vamos a quejar de que esos ya casi seis millones de parados no se recojan y se metan en sus casas.
Ayer leía un reportaje sobre la situación en Jerez, a la que empiezan a llamar ciudad sin ley, ciudad fantasma y otras muchas cosas que ya ni recuerdo. Los servicios municipales no funcionan porque sus operarios llevan meses sin cobrar, no hay luz en muchas de sus calles porque ya no quedan bombillas para reponer y los centros deportivos están cerrados porque ni las compañías eléctricas les dan luz.
Y visto los casos como éstos, me pregunto qué sucedería si por ley ningún asesor, concejal, alcalde o presidente de diputación pudiese cobrar un solo euro de sueldo hasta que no pagasen a todos sus trabajadores primero y proveedores después ¿Creen que habría gente suficiente para cubrir las listas de cargos a elegir?
Pues bien, quizás para quitar miedos y empezar a limar esos odios, el primer paso tiene que darse en los cargos públicos con la renuncia a sus sueldos o a la mitad de ellos hasta que las situación no se empiece a aclarar de verdad.
