Se me ponen los pelos como escarpias cuando escucho los argumentos de la oposición a la senda de gasto, leyes o cualquier acción relacionada mínimamente con el entorno político. Son de tal profundidad e identificación ideológica como la férrea defensa que se ha hecho en España del venezolano Edmundo González. ¿Sabe alguien por qué ese interés? Después de dos semanas siendo el número uno de los informativos, hoy ya no existe. Ya lo contaremos.
Lo mismo sucede con todo. Siempre hay una mano superior que dice: "Señoras, señores, hasta aquí hemos llegado". Y todos a callar.
Hubo un matemático y teólogo francés del 1600, Pascal, que dijo: "Si el hombre comenzara por estudiarse a sí mismo, comprendería cuán incapaz es de comprender otras cosas". Y no le faltaba razón, porque ¿realmente somos capaces de entender, por ejemplo, el concierto, la financiación o mejora que supuestamente han conseguido los catalanes?
Realmente no, y llevamos semanas hablando de ello. No tenemos ni idea de lo que supone, pero lo que sí sabemos es que el, supuestamente, más catalán de todos los catalanes, Junts, se lo va a cargar porque no han sido ellos quienes lo han conseguido. No hace falta ni PP ni Vox para dinamitar nada. Se bastan ellos solos. Y lo más curioso es que no propician que se tumben proyectos en Madrid, sino en su propia Cataluña.
Ahora bien, si analizamos fríamente el panorama, la realidad política que nos espera en los próximos años, ¿cuál es la postura más interesante?
Para mí, sin duda, es la del mercenario regionalista. Es más, si mañana me toca la lotería, monto un partido político que se llame "Andalucía como catalanes y vascos". El objetivo electoral sería conseguir tres o cinco diputados, una presencia en el Congreso que permita ser partido bisagra. Sin ánimo de asfixiar ni a derecha ni a izquierda, pero con amplias miras y creatividad para pedir. A esto le pones un toque racial y triunfas como el Avecrem. Sí, racial. En España, lo queramos ver o no, somos más racistas que machistas. Y ya es difícil.
La realidad de la calle es que la gente rechaza todo lo que tenga la piel más oscura. No les importan si no los ven, pero si se los cruzan en parques, escuelas y supermercados, ya molestan más. Se toleran si no salen de las zonas rurales, de sus guetos, pero pasear por el centro como uno más ya no gusta tanto. Eso es racismo.
Ese racismo, sin duda, es uno de los valores en alza para ganar electorado, y por eso las derechas van como un tiro, mientras que las izquierdas se disparan en el pie. Pero este sentimiento no ha sido espontáneo, sino por pura dejadez de funciones. Recuerden aquello de que "no son las malas hierbas las que ahogan la buena semilla, sino la negligencia del campesino". Pues en esas estamos.
La incapacidad didáctica de la nueva política nos lleva a un punto en el que un gobierno capaz de aprobar más leyes que ninguno no tiene rédito electoral. Genera más crecimiento que nadie, pero ni los que cobran el salario mínimo interprofesional más alto de la historia son capaces de verlo. Consiguieron, y no a cualquier precio, una estabilidad política interna imposible, encontrando un país absolutamente quebrado por una crisis en Cataluña que, en otro momento, hubiese terminado en un levantamiento armado. Y aun así, no les va a dar tiempo. No será Cataluña la que acabe con el gobierno socialista. Será la inmigración y la imposibilidad de devolver a tanto inmigrante ilegal que entra.
Y algo aún peor: la gente no entiende que un somalí pueda ser demandante de asilo y que un saharaui no. Y seguro que legalmente es así, pero en un informativo no cabe toda la explicación, y solo queda la sensación de que se abandona a un "casi español". Catastrófico.
