En comunicación se le llama echo chamber, pero es una soberana gilipollez no llamar las cosas por su nombre. Así que podemos traducirlo literalmente como cámara del eco, aunque a mí me gusta mucho más denominarlo la habitación del ego. Es la representación de ese recinto cerrado con espejos en los que, en todos ellos, apareces sencillamente perfecto. No hay una lorza de más, ni una cana o arruga que no esté en su lugar y en su justa medida.
Ese efecto es el que se produce en la mayor parte de las redes sociales. Es más, si pagas para que te gestionen el perfil o perfiles y a los tres meses no les estás ganando dinero, deja de invertir, a no ser que seas un político que gasta de lo público y le da igual lo que cueste, porque lo pagamos a escote entre todos.
Como te lo digo. Si tienes a alguien cerca que va presumiendo de likes y difusión, un triunfador del teléfono, párate a mirar un par de cosas. Lo primero de todo: si se repiten insistentemente las personas que le hacen la ola al sujeto en cuestión. Lo segundo: si ese esfuerzo en redes sociales tiene luego repercusión fuera de esa o esas plataformas concretas, es decir, en medios tradicionales como radio, televisión, prensa digital o escrita.
Los algoritmos de las redes sociales están diseñados como altavoces de tu propio ego. Te enseñan lo que te gusta y, si pagas, te hacen ver que les gustas a los demás. Pero si, llegado un momento determinado de popularidad —seas político o un humano normal—, no recibes la llamada de la propia plataforma para hacer un business conjunto, algo no está funcionando. Y no me vale que una alcaldesa o presidenta de una comunidad me diga que ese no es su modelo, porque los ingresos que genere los puede donar a cualquier albergue de mascotas o asociación pro derechos humanos. La estructura para pagar ese éxito ya la soportamos entre todos.
El riesgo de no darse cuenta es, precisamente, que esa habitación del ego atrapa. Te deja sordo hasta el punto de que no eres capaz de oír, y mucho menos escuchar, lo que dicen desde fuera de ti. Tendrás una legión de seguidores —muchos de ellos irreales— que el día de las elecciones no ponen papeletas en las urnas. Al tiempo, que ya lo verás.
