jueves. 04.06.2026

Javier Salvador, teleprensa.es

Cuando Franco murió yo tenía cinco años. Ni me acuerdo prácticamente. He vivido en democracia y he crecido con ella, tenemos más o menos la misma edad, somos de la misma generación, y quizás no debería importarme qué ocurrió antes de que yo tuviese capacidad de raciocinio. Igual lo más inteligente sería aceptar la realidad de mi tiempo, centrarme en la mejora de lo que yo conozco y dejar el pasado ahí, anclado u oculto, lejos de mi presente. Pese a todo no me cuestiono si debe o no importarme el hecho de que existiese un tipo al que llamaban Billy el Niño que tortura principalmente a estudiantes y, según los relatos que he leído, con enorme entrega y puro placer. Me cuesta creerlo, sí, pero no puedo aceptar como normal que esa persona a día de hoy perciba por ejemplo una pensión, jubilación o cualquier tipo de pago desde una administración democrática. Sencillamente me parece una pasada.

Una cosa es olvidar el pasado, pero otra muy distinta no castigar a quienes realmente lo merecen. A día de hoy estamos en un proceso de paz que, después de muchos años, puede llegar a salir bien. La desaparición de ETA supondrá pasar página y habrá que perdonar mucho desde todas las parte, pero ¿alguien duda que los delitos de sangre mantendrán en firme sus condenas? Yo particularmente creo que ésas, las que tienen que ver con la muerte o daños a personas, no pueden tener amnistía. Pero claro, esa ETA procede de aquellos tiempos  del pasado, de una represión animal de la dictadura en el País Vasco, de torturas que conocían y reconocen personas que hoy militan y ocupan cargos tanto en partidos nacionalistas como en el PSOE o el PP. Pero claro, tampoco podemos tener una memoria tan selectiva que sea capaz de reconocer el daño que unos han generado y no el que otros infringieron.

Llegados a este punto no me vale que torturadores como Billy el Niño se escuden en que cumplían órdenes, porque los terroristas también las cumplían en su creencia de pertenecer a un “movimiento de liberación vasco” como lo definía el ex presidente del Gobierno de España José María Aznar.

Ahora de verdad, con la mano en el corazón, quién puede llegar a creerse que seamos capaces de olvidar y reconciliar totalmente cuando un tipo al que le pone que le llamen Billy el Niño tome a diario vinos en el madrileño restaurante Lucio, ajeno al daño que hizo, y que de cuando en cuando quede con colegas de la época para recordar aquellos tiempos en los que podían hacer a sus anchas.

Pues lo siento mucho, pero me niego a que esa cervecita se pague con mi dinero. Me niego a que no seamos capaces de juzgar en vida a quienes sesgaron otras en el pasado, porque perdonar puedes perdonar, pero sólo se olvida cuando la sangre no llega al río y algunos tipos que andan sueltos y de aperitivo diario lo dieron todo por llenar el caudal.

 

¡Había un Billy el niño!
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