jueves. 04.06.2026

Javier A. Salvador, teleprensa.es

 A los países civilizados, y qué paradoja llamarlos así, les encantan las guerras para salir de la crisis. Poner en marcha la maquinaria necesaria para destruir y luego reconstruir es una tarea que mueve muchos miles de millones de euros. También es cierto que se lleva por delante a miles de personas, pero seamos sensatos, porque no hay nada que no curen tres telediarios seguidos contando noticias más o menos similares. Para que me entiendan recordemos los atentados en Irak, Afganistán o las muertes en Siria. Han sido algo tan relatado en los últimos años que ya ni pestañeamos cuando nos dicen que han muerto 30 o 50 personas en un mercado. Antes ya pasó con la guerra de los Balcanes, con el hambre en Etiopía y con  tantos otros lugares. Pasará con la inmigración en Ceuta y Melilla, y con miles de cosas más, porque el cuello del ser humano del país desarrollado tiene una especial facilidad para girar y ayudarnos a mirar hacia otro lado ¿No lo creen? Otro ejemplo. Somos tan hipócritas que vamos a permitir un mundial de fútbol en un país árabe donde la mujer no tiene derecho ni a entrar a los campos de fútbol. Y eso se supone que es coherencia y juego limpio.

Empiezo a sentir miedo por lo que ocurre durante estos días en Ucrania. Como decía un amigo mío “es muy malo estar muy viajado”. Y pude ser cierto, porque en cierta medida lo de conocer la trastienda del mundo te permite tener una perspectiva más cercana de lo fácil que puede ser hacer saltar la chispa de la guerra en países en los que la diferencia entre pobres y ricos es tan evidente y protegida, ya sea por monarquías autoritarias o arabescas, dictaduras o presidencias perpetuas. En definitiva, auspiciadas por regímenes corruptos y poco o nada democráticos.

En la crisis de Ucrania, sin necesidad de ser especialmente creativo, no resulta difícil encontrar rasgos de similitud con los hechos que provocaron las grandes guerras mundiales. Y asusta enormemente que la Unión Europea asome primero la cabeza para poner cachondos a los ucranianos, jaleándoles mientras se agolpaban en una plaza, que a continuación aparezcan como actuación estelar unos senadores americanos en pleno escenario y que ahora, cuando aparecen los tanques de los rusos, salgan todos corriendo con el rabo entre las piernas. Bueno, han plantado cara amenazando con expulsarles del G8 y llegar, incluso, a retirarles la palabra.

Ucrania es un país dividido en dos mitades, geográfica y emocionalmente. Una parte, al Este del río Dniéper están los proeuropeístas y al oeste los prorusos. Cuenta con veinticuatro regiones o comunidades y una república autónoma, la de Crimea. Fue colonia griega, invadida por los romanos y, además, parte del imperio bizantino. Vamos, más europea históricamente que la mismísima España, pero también puede que no sea así. Su historia más reciente, tras la Segunda Guerra Mundial, es totalmente rusa. Es más, si allí fabrican hasta los orondos Antonov, el avión típicamente ruso.

Lo cierto es que las injerencias de la UE, de EE.UU y de Rusia han provocado que el país se sitúe al borde del abismo, y en vez de ayudarles les estamos empujando a caer, porque ya se sabe eso de que una guerrita buena para salir de la crisis no tiene precio. Pero igual es el momento de que cada uno en su país salga a la calle, ocupe las plazas y le plante cara a su propio Gobierno preguntándole qué leches hace metiendo las narices en el país del vecino cuando en el suyo los parados se cuentan por millones y los problemas por resolver por decenas de millones. Ucrania necesita ayuda, pero igual la que mejor se le puede prestar es la de ayudarla a que ellos mismos resuelvan sus propios problemas democráticamente.

Guerrita buena para salir de la crisis
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