domingo. 23.06.2024

Me cuesta mucho creer que apenas dos días después de celebrar el 80 aniversario del desembarco aliado en Normandía, Francia, en ese mismo país gane la ultraderecha heredera del gobierno colaboracionista de Vichy, el mismo que pactó el estatus de ocupación con Hitler. Es como decirle a los fantasmas de casi 54.000 soldados que desembarcaron en aquellas playas para liberar a Europa de los nazis, que ochenta años después aquella gesta no tuvo ningún sentido.

“Días de humillación, abandono y traición”, que dijo Jacques Chirac al reconocer que más de 140.000 judíos franceses fueron masacrados mientras el gobierno francés de Vichy agachaba la cabeza.

Me cuesta mucho creer que los alemanes permanezcan impasibles viendo cómo, una vez más, los herederos de ese nazismo que les abocó a uno de los mayores desastres de la historia de la humanidad ganan terreno en su sociedad, para situarse a las puertas del gobierno de la nación.

Y en medio de todo este tumulto, es terrible ver a Israel riendo las gracias de grupos de ultraderecha que no dudarían en mostrar su antisemitismo, si no fuese porque por odiar, odian mucho más todo aquello que tenga que ver con el islam.

Desde niño se me ha erizado la piel al escuchar a los franceses entonar la Marsellesa, idealizada en mi imaginación como un canto por la paz, la igualdad, la lucha colectiva por el bien común. En mi adolescencia envidiaba el tesón de Alemania para reconstruir un país que, precisamente, se convertía en el garante de que nunca más volverían aquellas calaveras del nazismo.

Hoy, sinceramente, más que desilusión, siento desconfianza. Puedo entender por qué vota la gente estas opciones políticas extremas, pero lo que no estoy seguro es de que sepan exactamente lo que representan y qué supondría su llegada al poder. De lo que estoy absolutamente seguro es de que sus aplaudidores en España no tienen ni idea de las consecuencias que tiene para nosotros, como españoles. Para ellos no somos más que pseudomoros o pseudogitanos, camareros y chachas de piel tostada, e incultos que vivimos de sus aportaciones a los fondos de convergencia europea. Cuidado con eso, que un agricultor francés odia a un igual español, mucho más que un agricultor español seguidor de extrema derecha a un inmigrante marroquí.

Dicho de otra forma: más libros y menos Instagram. O mejor aún, que cada uno asuma la responsabilidad del mensaje que alberga. Y sobre esto hablaremos largo y tendido.

Francia, Alemania, algo no cuadra
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