jueves. 04.06.2026

Hace apenas unos días, los medios de comunicación nos hacíamos eco de la carta de unos niños canarios, de 1º de la ESO del instituto de Ravelo, en Tenerife. Estaban consternados, y lo creo, porque habían trasladado a uno de los menores no acompañados que se había integrado en su clase de forma temporal. Pero me llamó la atención una frase: “Creemos que el bienestar emocional y social de ellos es un aspecto clave en el desarrollo académico y personal…”.

Automáticamente me pregunté: ¿cuántos años tiene un alumno de 1º de la ESO?
Pues son 12 años, uno arriba, uno abajo.

A esto tenemos que unirle que, según el último informe del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, el informe PISA, Canarias es una de las comunidades con peor rendimiento académico. Esto significa que cuadra aún menos el uso que se hace del lenguaje y de las expresiones de esa carta con la realidad de esos alumnos.

No pongo en cuestión la intención de los chavales, la entrega de sus profesores o el dolor que debe causarles esta situación que viven. Eso de ahora te planto un amigo y ahora te lo quito no es humano, pero no podemos permitirnos que, también en los colegios, vengan otros a poner en boca de nadie lo que ellos quieren decir. No me creo que la carta fuese escrita por los alumnos, y si se trata de una interpretación de lo que entienden sus profesores, o directamente una propuesta de ellos, pues debe decirse. Exactamente igual que cuando exigimos que se nos diga qué textos o imágenes han sido confeccionados con la ayuda de inteligencia artificial.

En el momento en que no dejamos que la gente exprese aquello que quiere decir a su manera, en sus propios medios de comunicación, y que ese sentimiento o estado de ánimo tenga la difusión orgánica, no forzada, que su entorno estime que debe tener, es cuando pervertimos el mensaje y nos metemos en líos.

Si les enseñamos desde ahora que, para tener éxito, no vale con ser natural, sino que hay que utilizar estrategias de comunicación desde los 12 años, estamos fabricando ejércitos de tellados y alvises a los que les va a importar un verdadero mojón la profundidad de lo que digan, porque su objetivo será sencillamente el alcance.

Estoy seguro de que la carta en cuestión refleja el sentir de esos niños, de esa comunidad, pero no vale, no es sincero, si no puedo escucharlo de ellos, sentirlo sin filtros ni adornos, porque igual, solo igual, la candidez, inocencia y desorden en el mensaje de un preadolescente de 12 años es, precisamente, lo que necesitamos escuchar para darnos cuenta de la barbaridad que estamos viviendo.

Volvamos a lo natural, sin aditivos, a lo más parecido posible a la verdad. Y la sobreactuación, ya sea desde el panorama político, judicial, social o periodístico, que se quede relegada a un entorno determinado y no aupada como un hecho social elogiable. Y ojo, que no es algo nuevo, que ya mucho antes de las redes sociales, un escritor francés (Rabusson, 1850) dejó escrito aquello de “sed sencillos en todo, hoy en día tal vez sea ese el mejor medio para hacerse notar”. Vamos, que si el tipo hubiese sido coetáneo de Cuca Gamarra, Isabel D. Ayuso y tantos otros y otras, a derecha e izquierda, le da un telele.

La carta de los niños canarios
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