martes. 27.02.2024

La mejor definición que me han dado del Black Friday ha sido la siguiente: “Hermano, me estoy arruinando de tanto ahorrar”. Y es la pura verdad. Llegan estas fechas, y entre las compras adelantadas de Navidad, con los congeladores y las despensas abarrotadas como si nos preparásemos para una nueva pandemia, y las compras porque estas ofertas no se pueden dejar pasar, nos hemos metido en una espiral que lo difícil es llegar vivo a la cuesta de enero. Ya no es una cuesta, es sencillamente el Col du Tourmalet de las economías domésticas, convirtiéndonos en verdaderos borregos del consumismo.

Estamos permitiendo que las tendencias nos lleven hacia los lugares más insospechados. Va uno y grita Black Friday y ahí que acudimos en legiones a hacerle otro destrozo más a la tarjeta. Total, si ahora como se paga con el móvil parece que duele menos. Y esa tendencia de "donde va Vicente, va la gente", es una muestra más de nuestro estado actual de falta de criterio tanto en las compras como en la vida en general.

Y como muestra un botón. En una profunda conversación de política nacional e internacional con mi peluquero de confianza, a esa pregunta de “¿Y tú cómo ves que perdonen a los catalanes?”, mi respuesta ha sido que “tenemos un presidente del gobierno que ha demostrado ser más católico que el propio Papa Francisco, porque pese a todas las ofensas ha sido capaz de perdonar. Es un verdadero acto de cristiandad”. La verdad es que me he arrepentido de decirle tal cosa porque en ese momento andaba rasurando con la navaja y literalmente me he jugado el cuello, pero la siguiente pregunta ha sido aún más sorprendente: “¿Pero entonces, -navaja en alto y tono pensativo-, Sánchez es presidente otra vez por cuatro años más?”.

A partir de ahí le he explicado que para hacer efectiva esa ley aún tiene que pasar por el Congreso, es decir, que todos se tienen que poner de acuerdo otra vez para votar que sí, y que si se produce esa nueva mayoría, entonces la ley saldrá adelante siempre y cuando los recursos que puedan presentar el PP y las comunidades autónomas en las que gobiernan —ya que VOX y UP, no sabía ni que existía ese segundo grupo político—, no tengan los 50 diputados precisos para interponer el recurso de inconstitucionalidad, pero que siempre podrían prestárselos el PP para llegar a esos mínimos e intentar dilatar aún más el proceso.

Llegados a ese punto, he iniciado el contraataque y le he preguntado: “¿A ti te afecta mucho que se apruebe una ley de amnistía?” Y la respuesta, tras una corta reflexión, ha sido tajante: “Yo voy a cobrar lo mismo, es decir, según las horas que trabaje y el número de personas que entren en la barbería, así que la verdad es que, realmente, me da igual”.

Y como ya lo tenía ahí, en plena reflexión, y había pasado de la navaja a la esquiladora esa que sustituye a las tijeras de toda la vida, le he preguntado: “¿Y qué te parece la que se monta en las calles con este lío?” Ahí su respuesta ha sido la que cabía esperar de un experto en la reflexión mundana que solo puedes encontrar en la barbería, la carnicería o en la barra de un bar, donde de vez en cuando encuentras las verdaderas joyas de la lógica: “Somos borregos. Nos dicen que en tal sitio hay fiesta o lío y ahí vamos todos, y la mayoría sin tener ni idea de a dónde o a qué van… es como eso del Black Friday, que si no compras nada parece que eres marciano y si picas terminas con algo que no te hace falta”.

Y tras esa reflexión en el sillón del barbero, el que ha salido jodido he sido yo, porque la pregunta que aún me ronda la cabeza es qué le importa a uno de Madrid, de Sevilla o de Almería, que amnistíen a una o a mil criaturas que ni conocen ni van a conocer en la vida. La verdad, que no lo entiendo.

Arruinado de tanto ahorrar
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