jueves. 04.06.2026

Javier Salvador Grupo teleprensa.es

¿Quién se lo contará a su madre? El día de ayer fue para hacer borrón y cuenta nueva. Entramos en nuestra oficina y nos encontramos con la mitad de las instalaciones patas arriba porque nos habían entrado a robar. Aún así, entre todo ese desaguisado conseguimos lanzar las dos ediciones del Diario Digital, prestando una especial atención a un hecho de especial importancia que sucedió durante el fin de semana, como fue el enfrentamiento entre bandas rivales en Almería. Bandas rivales de latin kings o como quieran que se escriba, en un tierra en la que como mucho hemos vivido peleas entre curros y colorines u otros clanes gitanos, y de eso hace años. Mientras escuchábamos la guerra abierta en Madrid, en Almería teníamos nuestro propio episodio de peleas callejeras puñales en mano. A eso le unimos pintadas en el monumento a las víctimas del nacismo y otra serie de barbaridades.

Pero el día no terminaba ahí, a eso de las nueve de la noche saltaba el tema de colofón. Un muerto. Un joven yacía en las vías del tren, justo debajo de la pasarela que todos conocemos como “la de Renfe”. Ya era de noche, la noche estaba rara después de una tarde viento huracanado y algunas ráfagas de agua, de esas que te demuestran que los paraguas no sirven de nada cuando llueve en Almería, porque también hace un viento del copón o cae tanta agua que todo son charcos y que se te moje la calva es lo que menos te importa.

El día podía haber terminado como un día más y punto. Un muerto, un inmigrante y posiblemente sin papeles. Un Juan sin nombre para el cementerio de Almería que, como mucho, alguien habría tenido el detalle de enterrar mirando hacia el sureste. Pero ese muerto remueve conciencias.

Se trata de un chaval, de un niño anónimo, porque por muchos dieciséis años que se tengan, que como muchos eran los que sumaba el fallecido, no se pasa de ser un niño con cuerpo de hombre. Posiblemente llegado en patera o en los bajos de camión. Pillado en la frontera o a pie de playa en esa tierra que le iba a llenar las muñecas de pulseras de oro a su madre. Un país en el que ganaría el suficiente dinero como para volver los veranos en coche, cargado de cachivaches, como sus primos de Francia o Alemania. Esos que son la envidia del pueblo.

Pero imaginemos ahora una cosa, olvidemos que se ha escapado de un centro de acogida que posiblemente se construyó para cincuenta y que ahora alberga doscientos. Que eso a día de hoy es lo de menos. Yo vi ayer el llanto de su amigo, de su compañero, posiblemente el mismo con el que iba jugando, haciendo el cabra, por la pasarela. Igual era el mismo con el que había escapado del centro de acogida y antes de ello viajado hasta Almería o hacia cualquier otro punto de esta Andalucía nuestra. Lo vi y aún no sé si lloraba más porque le había pillado por la calle y sin papeles o porque ¿cómo le iba a contar lo sucedido a su madre? A la de la víctima.

¿Quién escribirá esa carta?, ese telegrama procedente desde una administración española remitida vía consulado ¿Cómo empezará?… Estimada señora, sentimos comunicarle que en el día de hoy el sueño de su hijo se ha convertido en la desgracia de toda su familia.

¿Habrá perdido esa madre a algún hijo más?¿Sabría algo de él?

Enterramos los muertos con demasiada facilidad. Lo que es peor, hemos aprendido a contar, aproximadamente, los que pueden haber muerto durante la travesía y se descomponen en el fondo del mar. Y seguimos así, sin tener conciencia social del drama.

Seguimos viendo como pintoresco que un día, como por arte de magia, más de quinientos sin papeles se agolpan en la puerta de una oficina de correos y a lo más que llegamos es a decir que es una vergüenza, que menuda imagen damos.

Hemos perdido un norte que nos va a costar recuperar y que, además, cuanto más nos alejemos del camino más vueltas vamos a dar para encontrarlo. Y así hasta que muera otro más. Y otro…

Estimada señora…
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