Javier Salvador Grupo Teleprensa
A muchos Noaudhibou no les va a sonar de nada, pero hubo una época en la que España tenía una frontera con esta Ciudad, era la puerta sur del Sahara y en la actualidad un importante número de empresas españolas, japonesas y de otros países explotan sus aguas por ser un enorme caladero pesquero del que importamos importantes cantidades de pulpo y calamar. La presencia española es notable y hay hasta un consulado, una Casa de Canarias donde se reúne la colonia española para poder salir de la dieta africana y mucho más. Desde su estación de ferrocarril sale el tren más largo del mundo para abastecer a las zonas del interior. Tiene su encanto.
Para los españoles, sobre todo para los Canarios, es un lugar exótico donde pasar un par de días practicando la pesca deportiva y poder llevarte al embarcadero del centro de pesca, una pequeña casa rural costera, un par de zodiac cargadas de pescado. Es la puerta del desierto, pero en los últimos meses se ha convertido también en una puerta hacia Europa con escala en Canarias.
Lo que les traigo hoy es una visión muy genérica pero real de lo que allí se puede ver. Una familia normal tiene como empleados entre dos y tres “negros”, senegaleses que huyen de un país aún mas pobre que Mauritania. Esos sirvientes suelen vivir en contenedores de carga, los que transportan los barcos, colocados en un patio o junto a una vivienda. Allí duermen y comen. Y lo dejamos ahí.
El que tiene mucha suerte vive en la cochera de la vivienda en la que sirve y lo hace como empleado de hogar y en las labores que su patrón le encargue, ya sea en el muelle, en un pequeño almacén o en lo primero que encuentre. Y no hay más.
Ayer escuché que unas 500.000 personas viven en los alrededores de Noaudhibou esperando dar el salto hasta las Canarias en cayucos, unas pequeñas embarcaciones muy estrechas, muy largas y muy inseguras que han utilizado en este lugar toda la vida para pescar. Las que he visto últimamente son de fibra y seguro que se realizan en alguna fábrica montada con dinero de la UE por medio de algún programa de colaboración con países en vía de desarrollo, que hay que joderse.
Pero lo de 500.000 en los alrededores de Noaudhibou me asusta especialmente y, sobre todo, porque el efecto llamada debe estar siendo impresionante.
Lejos de la conveniencia o no de endurecer más o menos la Ley de Extranjería, de impedir los traslados de inmigrantes ilegales a la península y demás, lo que sí está muy claro es que tenemos un problema. Y ya no es una cuestión de inmigración, ya es un problema humanitario.
Somos capaces de trasladar tropas a Croacia, Afganistán y a la conchinchina y no tomamos cartas en el asunto más inmediatamente próximo.
Almería no es ajena a la tragedia de la inmigración y la llegada del buen tiempo se va a pasar el SIVE y todos los sistemas que queramos poner por el forro de la quilla de las pateras, porque aún no hemos entendido el porqué la gente se juega la vida para llegar hasta aquí. No sé si será mejor invertir en los países de procedencia de la inmigración lo que gastamos en que no lleguen hasta nuestra costa, o si hay que pedir que la UE vea esta avalancha como un problema suyo y no sólo español, que parece que el carné de europeo sólo vale para pagar IVA y que los más hábiles pillen subvenciones. Pero lo que sí tengo muy claro, desde aquí, desde mi pequeño y minúsculo rinconcillo de Almería, es que se nos tenía que caer la cara de vergüenza a todos.
