Javier Salvador Grupo teleprensa
Lo de Algarrobico, más que un hotel a punto de terminarse es una especie de polvorín que les va a servir a unos para tomar posiciones de cara a la opinión pública fácil, en el caso de Greenpeace, y a otros les va provocar una úlcera de las buenas, de las que no se disimulan con protectores de estómago. Como a los vecinos de Carboneras.
El tema lo vamos a abordar desde una óptica concreta, desde la comunicación en una situación de crisis. Greenpeace conoce muy bien las fórmulas y las utiliza. Sus movilizaciones son siempre acciones de foto fácil para ocupar portada en medios de comunicación, como es el caso de hoy. No en vano son ellos quienes han conseguido que Almería y su Parque Natural estén en los informativos televisivos nacionales como ejemplo de destrucción y de lo que no se puede hacer. Este hueso parece mucho más fácil que el de Endesa, contra quien también han actuado en numerosas ocasiones pero no han tenido tanto éxito. Y van por el tercer grupo de generación energética, mucho más dentro del Parque Natural que el dichoso hotelito al que, también tengo que reconocerlo, no le tengo ningún afecto personal, pero tampoco un odio tal que parezca que se acaba el mundo en ese punto concreto del litoral almeriense.
Todos los almerienses estamos concienciados de que el Parque es intocable. Hasta ahí bien. Pero el ataque que se está haciendo es tan generalista que la gente piensa que el litoral está plagado de hoteles al tipo Roquetas, Fuengirola, Benidorm y otros. Y no es una invención, la sensación de aquellos que escuchan las informaciones que aparecen en Madrid, Barcelona o Toledo, piensan que los almerienses vamos palustre en mano todo el día a ver que cachito de ese espacio natural podemos machacarnos.
No me gustan las consecuencias generalistas del ataque de Greenpace, pero lamento profundamente la defensa que está haciendo la propia empresa o el mismo pueblo de Carboneras. Mal enfocada, sin plan de continuidad, con falta de información. Y a la empresa hay que darle un cero patatero, porque no se te pueden colar unos tíos con un martillo en una obra y derribarte un muro. Y eso no se arregla con una denuncia en la Guardia Civil.
Reconozco que tengo una mitad de mi que defiende la actuación de los activistas y otra que aboga por los intereses de Carboneras, pero estos segundos no han sabido, aún, transmitir esos ejes del mensaje que nos hagan tomar posiciones a los indecisos.
Lo que sí veo mucho más claro ahora es que estamos más cerca de una bajada de pantalones administrativa y de asistir a un derribo, -porque a Chaves no le debe gustar demasiado que le llenen el portal de casa de escombros-, que de acudir a la apertura tranquila, exitosa y constructiva de un hotel que defiende un pueblo entero, un grupo de ciudadanos que vive allí todo el año y dependen del tejido económico que sean capaces de generar a su alrededor. Esos que soportan el lugar los días de sol, los de lluvia y los de viento. Esos que necesitan un entorno en el que sobrevivir, y no un lugar en el que pasar un fin de semana inolvidable.
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