jueves. 04.06.2026

Javier Salvador, periodista.

Hay niños en España, junto a nuestras casas, en nuestros barrios, que pasan hambre. Van a clase sin desayunar, no pueden ducharse porque ni tienen agua, y sufren algunas otras penurias que seguramente no confiesan y que no son más que las consecuencias de una realidad que les ha tocado vivir. Son hijos de inmigrantes, de aquellos que llegaron en patera o en cualquier otro medio ilegal en su mayoría. Hijos de aquellos que consiguieron trabajo y animados por las diversas fórmulas de reagrupación trajeron a sus familias aquí o directamente las formaron aquí, y lo jodido es que ahora no son ni de aquí ni de allí porque somos así de especiales y cada uno intenta pasar la pelota al otro lado. Pero sea como sea pasan hambre. Lo dice Unicef tras un estudio realizado con la fundación catalana Pere Tarrés, región donde se concentran la mayoría de niños hijos de inmigrantes en España. Nos equivocaríamos si pensásemos que aún así la diferencia con su situación aquí y la que podrían tener en el país de origen de sus padres es bien distinta, pero la diferencia es que no están allí, sino aquí y por lo tanto son responsabilidad nuestra.

Vale que miles de familias están viendo cómo son desalojados de sus casas porque ya no pueden pagar las hipotecas que les dieron los bancos que ahora se las quitan, y es cierto que no se mira el pasaporte de esas víctimas, pero mientras eso sucede a los directores de esas sucursales, los verdaderos sicarios de esta crisis, nadie les ha pedido corresponsabilidad alguna. Y no estaría mal que al mismo tiempo que se enseñan carteles de “Dación de Pago Ya”, muestren también las caras de esos que dieron las hipotecas aún sabiendo que al más mínimo desequilibrio económico sus clientes no podrían pagar.

Y mezclo estas dos realidades de esta crisis, los niños con hambre y los desahucios, porque todo viene de un mismo origen, del hecho de asumir unas consecuencias de una realidad de la que no somos responsables, consecuencias de un mal que nos han impuesto y por el que aún nadie ha sido llamado a pagar.

Con los desahucios nos pasa como con los casos de violencia de género. Los primeros que vemos en la tele son terroríficos, nos tocan lo más hondo de nuestra conciencia, pero a medida que pasa el tiempo se convierten en una lamentable cifra que va en aumento pero que ya no nos quita el hambre.

Ahora bien, si saber que hay niños que pasan hambre no nos provoca náuseas y nos hace levantarnos y salir a la calle a gritar aquellos de ¡basta ya!, entonces sí que es verdad que no tenemos futuro ni esperanza, porque habremos perdido todo lo que nos quedaba de alma.

Podemos seguir sin escuchar la calle, sin participar en manifestaciones y oyendo sólo el mensaje de aquel que nos interesa, pero debemos tener una cosa clara, que el próximo 20 de Noviembre no se arreglan las cosas. Empeorará antes de mejorar y pase lo que pase en las administraciones, no podemos olvidar lo que ocurre a nuestro alrededor, y no debemos hacerlo por nuestro propio bien, porque a día de hoy pocos son los que pueden asegurar que no estarán en ese alrededor que ahora miramos de reojo y con cara de asustados.

Niños con hambre
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