Javier Salvador, teleprensa.es
La roja, nuestra selección española de fútbol, ha pasado a ser en poco más de 24 horas algo menos colorada, desteñida, un poco rosita. Perder un partido que se daba por ganado desde que Vicente del Bosque convocó a sus jugadores en Madrid dos días después de que terminase la liga, ha sido un jarro de agua fría con algunos tropezones de hielo, porque no sólo nos deja helados, sino que encima nos hace daño. Y es bueno perder, porque de eso que ocurrió ayer podemos aprender y mucho, pero no me refiero a lo deportivo, sino a España en general, a su situación económica y social. Ayer, cuando no queríamos aceptar lo que ocurría, tiramos de esperanza, seguridad, confianza en el futuro y de todas esas cosas que nos hacen conscientes de la realidad, de los hechos ocurridos y los peligros que entrañan, pero que al mismo tiempo nos proporciona una fuerza sobrenatural para reponernos y creer plenamente en que esos veintitantos jugadores que están seleccionados pueden llevarnos hacia el éxito. Se trata de una fe ciega pese que a esos jugadores los ha elegido una única persona, él ha hecho su equipo y las estrategias no las vemos hasta que se desarrolla el partido, quiero decir, es más o menos como un gobierno formado por diecisiete ministros y un presidente.
Si los españoles, en vez de darles ánimos, nos ponemos a gritarles desde aquí, les decimos que son unos vagos, que sólo les importa lo que les pagan por estar allí, las prebendas que conlleva ser seleccionados y que su único interés es el escaparate en el que han sido puestos y que hace aumentar el valor individual de cada uno de ellos, dudo mucho que les ayudemos a conjurarse contra el fracaso y centrarse en la victoria.
Imaginen que ayer, al estilo Cospedal, el principal opositor de Villar, presidente de la Federación Española de Fútbol o el responsable de deportes y aspirante a Secretario de Estado en la Materia del principal partido de la oposición, montase una rueda de prensa nada más terminar el partido o al día siguiente, para decir aquello de que ya se sabía. Que no se trata de las condiciones del terreno de juego ni de la mala suerte, de los tiros fallados a puerta, sino que Del Bosque no vale y que sus delanteros no tienen altura suficiente para afrontar el mundial.
Imaginen que se hiciese populismo con lo que cobran y lo que se llevarán si ganan el mundial, y eso que hablamos de personas que no han sido elegidas por sufragio universal, sino por la decisión de una única persona.
Ahora bien, traslademos eso a nuestras empresas o familias, imaginemos que por una derrota en el terreno profesional el suegro, cuñado, prima o amiga íntima de tu pareja, se ponen las botas a lo Cospedal intentando minar tu credibilidad en el que es tu terreno de juego. Al final se te quitan las ganas de todo y te divorcias, o si el caso te sucede en la empresa y un sindicato te aburre a chorradas, al final dices que se acabó, cierras y les pides a los de la reivindicación que sean ellos los que les paguen el sueldo a la plantilla que tú te vas a Marruecos, Brasil o donde haga falta, porque si no hay buen rollo no hay quien aguante.
Y ahora vamos con la madre del cordero. Ya sea de derechas o de izquierdas, con un presidente carismático o un desastre con patas. Con un tipo que ilusione o que desespere, porque siempre los habrá que lo identifiquen de una manera o de otra, qué confianza damos a un gobierno cuando vienen curvas. Creo que en España ninguna.
Me maravilla de los americanos que precisamente en los momentos difíciles hacen piña, cuando aquí a la mínima complicación tiramos de navaja albaceteña y nos lazamos a hacer sangre.
Por todo ello digo que sí a esa famosa frase de un poeta estadounidense sobre que la confianza en sí mismo es el primer secreto del éxito. Por ello creo que la roja saldrá del bache, porque cada uno de ellos sabe lo que tiene que hacer para poner en movimiento al grupo. Ahora bien, lo que no tengo muy claro es si nosotros, en nuestro mundo particular tenemos claro eso que decía Emerson sobre el éxito y si estamos dispuestos a confiar en la selección que nos gobierna y en la parte que nos toca a cada uno de nosotros, porque el mundial es una copa de la que fardamos, pero nuestra realidad es otra, y de esa es de la que vivimos.
