Javier Salvador, teleprensa.es
Qué es el Estado, qué implica pertenecer a uno y hasta qué punto cree el ciudadano actual que esa figura de porción de territorio cuyos habitantes se rigen por leyes propias, como las autonómicas, aunque estén sometidos en ciertos asuntos a las decisiones de un gobierno común, España, puede solucionar sus problemas actuales y futuros. Son demasiados interrogantes que de una u otra manera rondan la cabeza de los ciudadanos de cada provincia en la que la clase política pasa ser el tercer problema o preocupación del pueblo.
Ortega y Gasset escribía en La Rebelión de las masas que Estado no es aquello que fuimos ayer, sino lo que vamos a hacer mañana juntos. Pero hasta qué punto existe hoy una idea común.
El ciudadano sólo quiere vivir, llegar a final de mes, mejorar sus ingresos y con ello su nivel de vida. Creemos que subir el nivel de vida es tener más capacidad de consumo, poder elegir sin mirar el precio y crear un mundo perfecto en torno a las cuatro paredes en las que reunimos nuestros bienes más preciados, pero con la peculiaridad de que cada vez le damos menos valor a aquello que poseemos.
Creo que padecemos una crisis de Estado, porque si llevaba razón el notable ensayista y filósofo español del novecentismo, de lo que carecemos en estos momentos es de esa idea común sobre lo que estamos dispuestos a hacer mañana juntos. En Estados Unidos, por muy elementales que nos parezcan en muchos sentidos, tienen perfectamente arraigado el sentimiento de Estado, y de vez en cuando les aparece un Kennedy o un Obama que sólo con la palabra son capaces de sacar a flor de piel ese sentimiento.
Ahora miremos nuestro propio ombligo. La clase política, nuestro tercer problema, en vez de ser dinamizador de ese sentimiento se ha convertido en una barrera que nos aleja cada vez más de una postura común. El PSOE cada vez se encuentra menos, no sabe si es socialismo, centrismo, liberalismo o progresismos, sólo muestra que es todo lo contrario al PP. El PP se ha puesto a galopar sobre la arrogancia y no entiende más verdad que la suya, propia e inalienable. La izquierda más pura, como IU, tiene tantas corrientes internas que el electorado las cortó con un portazo. En las provincias los pequeños partidos, no son capaces de hablar con sus vecinos y federarse porque, sencillamente, aún no saben qué lugar ocupan: Pal y Gial en Almería.
Y así no vamos a ninguna parte. Hemos dejado de hablar de política para hacerlo de partidos y eso es un error, ese es el principio de la crisis de Estado, porque no valoramos lo que tenemos, aquello por lo que debemos luchar, sólo vemos a los políticos, seudolíderes que no son más que árboles que nos impiden ver más allá de nuestras propias narices. Pero hay solución, porque hablando se entiende la gente.
