jueves. 04.06.2026

Javier Salvador teleprensa.es

Se veía venir. Por mucho que les duela a los padres de los niños adoptados en países exóticos, lejanos o extranjeros. Por mucho que sus motivos no tengan nada que ver con las ambiciones de quienes se sitúan detrás de este mercadeo de niños, lo ocurrido en Abeché (este de Chad) es una auténtica barbaridad. Y esta vez no vamos a poder mirar hacia otro lado, todo lo contrario. Se recomienda a todo el mundo que vea bien la tele, que se sienten con paciencia delante de la caja tonta y que asuman a lo que lleva esta barra libre de adopciones en cualquier parte del mundo, mientras todo parece estar justificado con esperar tres años a que toque el turno y aflojar una cantidad que oscila entre los 20 y 30.000 euros.

Los siete españoles, componentes de una tripulación de vuelo y nueve franceses, cuatro de ellos representantes de la organización 'Arch de Zoé' y tres periodistas, que no sabemos si trabajan para distintos medios de comunicación, si fueron invitados a la “operación Children Rescue” o fueron contratados para reportajear la historia una vez llegasen a Francia, son sólo la punta de un iceberg que se nos va a derretir en las manos. Y no es una manera exótica de recibir una ducha fría, es el comienzo de una crisis internacional.

Los hechos, lo que en estos momentos se baraja como cierto, es que ninguna de las ONGs que trabajan en este país, en el Chad, donde se lo curran para asistir a 236.000 refugiados de Darfur y a los 173.000 desplazados chadianos presentes en la zona, no se solidarizan con los detenidos. Todo lo contrario, se desmarcan de ellos y UNICEF advierte que nada prueba a día de hoy que se trate de niños huérfanos.

Visto de otro lado, quizás lo mejor que le hubiese pasado a esos niños, o más que quizás podríamos decir que casi con toda seguridad, es que hubiesen llegado a Francia y que les acogiesen en familias donde no falta pan, agua, higiene, educación y esas tantas otras cosas que esperaban dar los padres de acogida. Pero ¿qué hay detrás de ese deseo de tener un hijo y, de paso, salvar a un criatura de un futuro más que incierto? Algo tan sencillo como una madre en origen, la misma que con la mitad del dinero pagado por su hijo en Francia,- a ella no le darán más de 100 dólares- podría alimentar de por vida a toda una familia.

El caso que nos trae la televisión, con un comandante de vuelo acojonado dirigiéndose a un presidente de una república bananera mientras éste dice mirando a cámara que pagarán por ello, nos demuestra que aquí va engañado hasta el piloto.

El problema es que, si volvemos la mirada hacia otro ángulo, la compañía aérea es la responsable de los pasajeros desde que suben a su aeroplano hasta que bajan en destino. Es responsable de la carga igual que si llevase turistas, pescado o drogas. Vamos, que cuando pillan a un mercante cargado hasta las palas de cocaína, me da en la nariz que el filipino de la sala de máquinas no tiene una villa en Cartagena de Indias, pero al final paga por tráfico de drogas. Triste pero cierto, en resumen, que les han pillado en una historia nada clara en la que por ahora la comunidad internacional, hasta el propio Gobierno francés, apoya la teoría del tráfico de niños.

Puede que el Gobierno francés le haga el juego a los chadianos de esta manera para garantizar las vidas de los dieciséis detenidos entre españoles y franceses. Ya saben, ganar tiempo y esperar a que se enfríen las cosas, pero en un país donde el que no tiene Kalasnikov pasea con machete de metro al cinto, el peligro está en quedarse, ¡vamos! que la próxima noticia que podemos oír es que una multitud exaltada ha tomado la comisaría central y se los ha pasado a todos por el cuchillo.

Cosas que nos faltan por saber son, por ejemplo, cuanto pagaban cada uno de los padres receptores por acoger a los niños en el caso de los franceses y qué pagaron a la compañía aérea para hacer ese vuelo tan especial.

A partir de ahí, aviso a navegantes sobre las garantías que hay que tener a la hora de meterse en una operación para salvar niños del tercer mundo con adopciones cada vez más extrañas, porque año a año es más sencillo y más caro, que suele ser sinónimo de corrupción y de que algo no marcha bien en el engranaje.

Tráfico de niños
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