jueves. 04.06.2026

Javier Salvador teleprensa.es

¡Madre mía! Veinticinco años. Yo tenía doce y las elecciones eran algo que no me llamaba la atención en absoluto. Recuerdo, eso sí, que eran comicios en los que se tiraban toneladas de papel en las calles. Octavillas, carteles en todas las paredes, Seat 600 con altavoces más grandes que ellos con las sintonías de los partidos y, sobre todo, esas interminables horas después de comer en las que tipos con chaquetas de pana te soltaban una historia infumable a la hora de la película o la serie, lo que te daba una rabia terrible.

En mi casa la historia se vivió desde el centro, votantes de UCD por parte de padres, del PSOE por la hermana mayor y de la derecha histórica por el que le seguía. ¿Divertido? Pues no lo sé. Ser de centro estaba de moda, de derechas era como natural pero a los del PSOE había que llevarlos ocultos, sin que nadie se enterase que tenías uno en casa, porque algo sí había claro en el ambiente, una inseguridad colectiva, miedo al desenlace de algo turbio que venía de atrás, desde el 23 de febrero de 1.981. Si me pongo a recordar las imágenes que en mi niñez asocio a la política me veo, en primer lugar, en la cama de mis padres, muy niño, viendo a la gente pasar delante de un ataúd. Imágenes en blanco y negro de la muerte de Franco. Después el 23F con Tejero disparando al cielo pero acertando en el alma, corazón y vida como decía la canción, pero de toda una nación. Y tras ello ese lugar desconocido para mi de Madrid, donde miles de personas se congregaron para gritar ¡Presidente! Ante ellos González y Guerra.

Junto a mi, un padre con cara seria, una madre que miraba a su hija mayor porque se le escapaba una sonrisa picarona mientras miraba a su hermano, el derechón, que estaba maldiciendo todo lo descriptible, mientras la tele parecía subida de revoluciones y todos hablaban rapidísimo. No lo entendía, pero era divertido.

Había miles de personas en la calle, como si fuese navidad y estuviesen dando las campanadas. De hecho, menuda campanada de diez millones de votos.

Fueron tantos años de Gobierno socialista que para mi lo cotidiano era ver a Felipe González como presidente y sólo al final de su etapa, envuelto en los casos de corrupción de los Guerra y otros, fue cuando se me cayó la imagen de aquel hombre intocable que cambiaba a España año tras año. El cambio fue tan brusco que muchos nos lanzamos a la lucha política activa para derrocar aquel régimen de corrupción, sin saber que en todos los bandos cocían habas de sobra.

Ayer escuchaba en la Ser una entrevista a Manuel Chaves, presidente de la Junta de Andalucía, ahora, y ministro de Trabajo en los gobiernos de Felipe González, - ministro del paro decía Javier Arenas-, y casi se le pintaba como un dinosaurio de la política por haber aguantado tanto tiempo en la arena de los hemiciclos. Automáticamente me acordé de una reciente entrevista a José María García, -¿se acuerdan de aquel periodista azote de todo?-, en la que venía a decir que uno de los problemas de España era que habíamos tenido presidentes tan jóvenes que una vez jubilados en la flor de la vida se convertían en el verdadero problema.

¿Se imaginan a un Felipe González de vuelta?, ¿El regreso de Aznar? De vueltas con su rodaje, con la lección aprendida. El problema es que no basta adquirir la sabiduría, es preciso usarla, que dijo Cicerón, para que luego nadie lo recordase.

Quizás, si rebusco en mi interior sobre la imagen que para mi definía en aquellos tiempos la política, independiente de la proximidad de una dictadura de la que yo no me enteré, lo que más echo de menos es ese sentimiento que mis hermanos disfrutaron, ése de tener líderes, personas a las que estaban dispuestas a seguir, por las que se dejaban convencer, boquiabiertos, ilusionados en un futuro prometedor pese a que la mitad de ellos estuviesen en el paro. En uno y otro bando los había.

Vivieron una realidad que nada tiene que ver con la nuestra en estos momentos, en los que tenemos universidades en todas las capitales de provincia o en casi todas. Hospitales, colegios, institutos y centros de salud a la vuelta de la esquina y otras muchas cosas que antes anhelaban. Me imagino que si se nos privase de todo eso que ahora tenemos asumido como derechos, el follón sería enorme y reinaría la anarquía total, porque no habría líder capaz de contener a las masas. Quizás ese fue el papel que no era capaz de definir y que González llegó a conseguir, el de líder que apaciguó a las masas.

Veinticinco años, que no son pocos.

25 de octubre de 1982
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