jueves. 04.06.2026

Javier A. Salvador, teleprensa.es

Ahora que tanto se acuerdan de las claves que hicieron grande a Adolfo Suárez, ahora que esconden la mano aquellos que tiraron a dar, aquellos que no le dejaron recoger mieles del esfuerzo realizado durante los años de la verdadera transición, ahora quizás sea el momento de obligar a los otros a que se mojen. Si tanto quieren recordar a Suárez, que le honren dando ejemplo.

Y de todas las cosas que se han dicho, ha habido una que me llamó especialmente la atención. Decía uno de los contemporáneos de Suárez que en aquellos momentos se sabía hacia donde había que ir. Sabían lo que querían. Pero a continuación dejaba claro que eso es lo que falla en este conjunto de naciones que se llama Europa, esa ausencia de dirección común.

Y como todo, al final nos remitimos a Suárez, a quien le gustaba tratar los problemas de uno a uno, e ir solucionándolos para así quitarse otra cosa de en medio. Es decir, que el gran problema que tenía, que era una España cogida con pinzas, lo convirtió en miles de pequeños problemas que comenzaron a arreglarse.

A esa estrategia se le llama, también, simplificación efectiva y eso es de lo que principalmente se adolece en estos momentos. No simplificamos.

El ciudadano, que es quien manda según dicen todos en precampaña, pero sólo en precampaña, sí tiene claro lo que quiere, pero el problema que tiene el gobierno de España, por lo menos en estos momentos, es que no quiere ver u oír y mucho menos escuchar. Pero hay que repetirlo constantemente para ver si así se enteran de que los de abajo somos los clientes, los que pagamos por los servicios prestados, en los que se incluyen ellos, sus sueldos, los coches oficiales, las instituciones y hasta los juzgados que tratan causas interminables de corrupción política o urbanística con política de por medio.

Si lo que se pregunta hacia dónde tenemos que ir la respuesta es sencilla, pero asusta tanto que es mejor decir que se trata de una utopía, pero aún así hay que decirlo, repetirlo muchas veces para ver si así alguien se da por aludido. Porque la dirección, la utopía, es una España o una Europa en la que se trabaje realmente para el ciudadano, donde el ego del mandatario quede en el vagón de cola, donde los liderazgos sean por aclamación popular y no por imposición hereditaria. Porque de derechas o izquierdas lo que todos buscan es que se reconozca desde arriba lo que cuesta pagar a los de abajo y por ello se vive mejor cuando todos están más cerca de una línea intermedia. Llamémosle clase media.

El pueblo quiere un gobierno que tenga claro que los ciudadanos son los clientes de su empresa y que gracias a ellos vive, y que sin ellos no pinta nada. Pero entender algo tan sencillo es como asumir que se le debe respeto, lealtad, protección y sinceridad, pero nada de eso se cumple en estos momentos.

No, señores, el problema no está en que no sabemos donde nos dirijimos, sino en los equivocados valores de quieres nos dirigen, porque han sido capaces de generar una clase social por encima del pueblo cuando se suponen que le representan a él.

Y la prueba de todo ello es muy elemental y está en el mismo duelo por Adolfo Suárez. Se llora a un presidente, pero también a un político que nunca fue relacionado con corrupción, sin cuentas en Suiza, sin pagos en sobres con dinero B. Y lo lamentable de todo es que precisamente por ello se le considere en este momento como único en su especie y una pérdida irreparable. Demasiado tarde para reconocerlo ante él. A tiempo para imponer su ejemplo.

Ahora que tanto se acuerdan
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