sábado. 02.03.2024

¿Qué ocurriría si por ganar tres titulares, los árabes residentes en España se levantan a voz en grito en favor de los ocupantes de la franja de Gaza?

Existe un momento en la política en el que el mensaje entra en una vorágine tan alcista que, ante el miedo a no tener nada importante que decir, se habla de más y a destiempo. 

Lo vemos a diario, y hay enormes ejemplos a derecha e izquierda del panorama político, pero lejos de ocuparnos de los de siempre, es necesario que le demos una pensada a lo que sucede entre Israel y la franja de Gaza. 

Primero. Para que todos lo entendemos, debemos ir al mapa, ver dónde está situada y comprender que ese territorio casi totalmente independiente de la Autoridad Palestina, Gaza, está gobernado por un ejecutivo de Hamás, que es una organización terrorista en activo para la mayor parte de los estados. 

Para que nos hagamos una idea, el presidente de la Autoridad Palestina que gobierna Cisjordania, Mahmoud Abbas, lleva horas repitiendo que las acciones de Hamas no representan al pueblo palestino. No quiere decir que, ni mucho menos, defienda o acepte el contraataque de Israel, pero se desvincula de quienes han empezado una guerra mientras ellos, la mayor parte de Palestina, sigue luchando por conseguir por la vía política su espacio en un contexto internacional que nunca ha jugado a su favor. Y que difícilmente lo hará en los próximos años tras el ataque de Hamas.

Sencillo no es, y los intereses de países mucho mayores que los implicados en la contienda son infinitos. A Rusia le viene como un traje a medida que el foco internacional se centre en oriente y que a ellos les dejen en paz con su guerra en Ucrania. Irán mataría por ser actor en una película, la internacional, de la que se quedó fuera de plano hace décadas. Y así podríamos señalar uno a uno los intereses de todos los demás, incluidos obviamente China y EE.UU.

En todo este panorama nosotros, en España, tenemos una población simpatizante con el pueblo palestino que se cuenta por millones de personas. Religión coincidente, origen, raza, etc… Es decir, que a la hora enarbolar banderas en la puerta de las instituciones públicas debemos tener mucho cuidado con cuál es nuestra guerra y qué nos jugamos con cada paso.

Esto hay que entenderlo no como convertirnos en rehenes de nadie, sino en medir las consecuencias del tono de aquello que decimos y cómo lo decimos. Por ejemplo, el derecho internacional le da a Israel un margen de acción de respuesta casi infinito, de acuerdo con el tipo de agresión recibida. También es cierto que ese mismo derecho internacional salvaguarda los intereses de la población civil en cualquier guerra, pero claro, que le digan a Rusia que se ajuste a las normas de derecho internacional en su guerra con Ucrania.

Esta guerra no es para tomarla a broma en la barra de un bar, hacernos los cuñados que saben de todo o aprovecharla para generar ruido político en nuestro país por el tipo de apoyo o a quién se le da más o menos. 

Por una vez nuestra joven democracia española precisa de la madurez de los partidos para hablar, o no hacerlo, de una guerra que, lo crean o no, va a tener repercusiones en nuestro país. Las habrá económicas, porque generará un mayor encarecimiento de la vida, pero también la habrá en las calles, en las mezquitas y a pie de invernadero. Habrá que manejar esa situación con sensatez, y no incendiando el debate como si quienes peleasen fuesen niños en el patio de un colegio, porque los más tontos empiezan a hablan por hablar, lo que hacen es acercar los efectos colaterales de la guerra a nuestras calles.

Y al igual que una foto en Las Azores no vale un 11M, la frustración de quienes no han conseguido formar gobierno no puede convertir esa guerra en un motivo de movilización en nuestras calles.

Acercar la guerra
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