jueves. 04.06.2026

El/La Parásito Social

En este coliseo digital donde los egos se enfrentan a muerte por un "me gusta", se representa cada día una tragicomedia que haría palidecer a Shakespeare. No, no hablo de los dramas familiares ni de los memes de gatos; hablo de ese peculiar subgénero humano que podemos llamar "los aspirantes a amigos del arte". Ese ejército de almas deslavadas, anodinas y con la vitalidad de una planta de plástico que encuentran en las redes sociales el lugar perfecto para ejecutar su particular estrategia: infiltrarse en el mundo del arte sin haber tocado un pincel, leído un libro de teoría o entendido, ni por asomo, lo que significa crear.

Porque, queridos lectores, aquí no se trata de un amor genuino por el arte. No. El motor de esta tragicomedia no es la pasión, sino la envidia. Esa envidia corrosiva que les hace bucear en las listas de amigos de alguien a quien consideran brillante, influyente o, peor aún, alguien a quien secretamente detestan porque representa todo lo que nunca podrán ser. Y así empieza la caza.

El modus operandi de esta fauna es tan sutil como un elefante en una tienda de porcelana. No tienen la valentía ni la habilidad de entablar relaciones reales en el mundo físico, así que recurren al método más burdo: clic frenético en "Agregar amigo". Y no a cualquiera, claro está. No pierden el tiempo con perfiles normales, ¡faltaría más! Su objetivo son críticos de arte, comisarios, galeristas, artistas, y cualquier otro que parezca mínimamente conectado al mundo cultural.

El razonamiento detrás de este plan es digno de una comedia absurda: "Si fulano es amigo de tal artista o crítico y yo consigo ser amigo de fulano, ¡bingo! Ya pertenezco al círculo del arte." Es el equivalente social de pintar un cuadro horroroso, pero firmarlo como si fueras Banksy.

Pero el verdadero espectáculo empieza una vez que han acumulado su botín de contactos. Es entonces cuando activan el modo performance. Sus publicaciones mutan como por arte de magia. De fotos cutres de sus cenas en cualquier McDonalds pasan a imágenes de galerías (que seguramente sacaron de Google), con hashtags como #ArteContemporáneo y #ProcesosCreativos, aunque no sepan diferenciar un ready-made de un bodegón. También comienzan a compartir frases inspiradoras que ni ellos mismos entienden, copiadas de algún rincón oscuro de internet o bien realizadas con ChatGPT.

La meta no es crear, compartir o aprender. No. Su único objetivo es acumular números. Porque, en esta tragicomedia, la cantidad de amigos en Facebook se traduce en prestigio. ¿Tienes mínimo 500 contactos en el sector del arte? Entonces, por arte de magia, ya eres "parte del mundo". ¿Que nunca has pisado un taller, ni organizado una exposición, ni siquiera comprendido el pie de foto de una obra? ¡No importa! Aquí lo que cuenta es aparentar.

La paradoja es grotesca: cuanto más falsa es su conexión con el arte, más hinchan el pecho en sus publicaciones. Se alimentan de "me gusta" vacíos y de comentarios genéricos del tipo "¡Qué interesante propuesta!" o “¡Es un placer o un honor tu opinión!”, cuando, en realidad, lo único que han publicado es una foto extraída de un banco de fotos libres.

Lo más divertido (y patético) de este espectáculo es cómo terminan confundiendo a las personas a las que buscan impresionar. Creen que un "amigo" en Facebook equivale a un contacto en la vida real. Creen que pertenecer a un círculo digital significa haber sido aceptados en el mundo del arte. Pero lo único que han conseguido es crear un club de egos inflados, donde todos fingen admirarse mientras, en el fondo, saben que todo es un fraude.

Es un chiste de mal gusto. Personas sin criterio propio ni valores claros reinventándose en la red como si fueran la reencarnación de Warhol, Marina Abramović o cualquier artista o escritor que encuentren en la red, pero sin haber sudado jamás en un estudio o arriesgado una idea original. Y lo peor de todo es que, en su desesperado afán por parecer, olvidan lo más importante: Ser.

Lo realmente triste de esta tragicomedia es cómo banalizan todo lo que el arte representa. El arte no es un catálogo de poses ni una galería de contactos. Es riesgo, es autenticidad, es cuestionar el mundo que nos rodea. Pero, para esta fauna digital, el arte es un pretexto para inflar su ego y proyectar una imagen que se desmorona al menor roce con la realidad.

Y aquí estamos, espectadores de esta tragicomedia, viendo cómo se derrumba el último acto de su mascarada. Porque al final, las redes sociales tienen una virtud inesperada: desenmascaran. Puedes fingir durante un tiempo, pero tarde o temprano, alguien te pregunta algo más profundo que un hashtag, y ahí se acaba el juego.

Así que, queridos "amigos del arte" de Facebook, gracias por las risas. Vuestras vidas digitales son una mezcla perfecta de patetismo y entretenimiento. Pero dejadme daros un consejo gratuito: el arte no se finge. No se mide en "me gusta" ni en la cantidad de contactos en Facebook. El arte se vive, se sufre, se disfruta.

Si queréis seguir acumulando amigos como cromos, adelante. Pero recordad: la autenticidad no tiene precio, y mucho menos se consigue con un clic. Así que, no os molestéis en enviarme una solicitud.

Fernando Barrionuevo y Rosa Muñoz Bustamante

Directores. MECA Mediterráneo Centro Artístico

www.centromeca.com

El/La Parásito Social
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