La sociedad actual, con sus grandezas y sus miserias, da la sensación que vive y evoluciona a lomos de una ciencia desbocada, pero en la que sin embargo, tenemos puestas todas las esperanzas de un mundo mejor. Ante esta tesitura, la pregunta que formulo es la siguiente, ¿podrá la ciencia resolver los grandes asuntos que aquejan a la civilización humana y el planeta que habitamos? Sí y no. Una respuesta abierta como véis.
Comencemos por el pasado. La ciencia antigua creía en el poder supremo de la razón para resolver todos los problemas, aunque sin la intervención de la experimentación, con lo cual, a efectos prácticos el binomio hombre-naturaleza apenas mutaba. Esto acabó en el siglo XVI cuando Galileo y los que le siguieron demostraron el poder de la experiencia para conocer y cambiar el entorno. La experimentación fue pues, el hito que abrió una nueva relación entre el hombre y la naturaleza. Por fin, tras muchos años en los que la naturaleza disponia a capricho los destinos de los hombres, éste, ciencia mediante, pudo invertir la balanza, despojándose del yugo que le imponían las fuerzas de la naturaleza. Con estos mimbres, unos 200 años después, el siglo XVIII inauguró la Era de la Ilustración, basada en las convicciones del artificio humano, la fe ciega en la razón, el conocimiento generado a partir de los hechos y la experiencia, la libertad de pensamiento, el pogreso científico, social y educativo, el dominio de la naturaleza, etc. Y a medida que se sucedían los decenios, el poder de cambio del progreso ilustrado iba tejiendo una estructura civilizatoria enrrollada en torno a una revolución industrial permanente, en la que la ciencia y la técnica iban asumiendo todas las transformaciones económicas, políticas y tecnológicas que requería la sociedad en cada momento. En nuestro presente, este hecho no ha cambiado en absoluto, sino que por el contrario se ha exacerbado, y la herramienta mágica a la que encargamos la tarea de resolver todas nuestras angustias es la ciencia.
Por tanto, si somos capaces de extraer una mirada crítica sobre el pasado, no se puede obviar que la ciencia ha sido, que mejor ejemplo, como un viaje en una locomotora de vapor. Nos ha transportado hacia cotas de progreso inimaginables, pero ese viaje deja atrás una estela continua de humo negro que lo impregna todo, restando veracidad al progreso científico y poniendo en solfa sus principios. No en vano, la sociedad presente pivota sobre los pilares científcos, y sin embargo, hemos entrado en una era en la que en cualquier momento se puede generar un apocalipsis autoinducido por la mano humana. La pandemia que afecta al mundo sin tener todavía un origen claro, en cierto modo, ha emergido de la relación de abuso y dominacia de la estructura tecnocientífica con la que nos hemos dotado para vivir y obtener los recursos de la naturaleza. Porque ya sea de forma directa, virus de laboratorio, o de forma indirecta, zoonosis, la ciencia ha sido la madre precursora del estallido epidémico que tiene en jaque al mundo, Un virus, cuyo origen se halla, o bien, en la desenfrenada competencia científica entre países, o bien, debido al estilo de vida depredador con el que los humanos devoramos y transformamos el entorno natural trastocando la biología de los ecosistemas. De cualquiera de los dos modos, esta estructura tecnocientífica radica y se expresa literalmente sobre los principios de la ciencia moderna. Es más, sobre la ciencia de siglo XX pasado reposa gran parte de la culpabilidad de las adversidades que sufre actualmente el mundo: la ciencia económica es la que ha creado las grandes crisis económicas, la pobreza y la riqueza; la ciencia eructó la globalización con lo bueno y malo de ella; la ciencia política ha creado el leviatán estatal y burocrático; la ciencia aplicada de la química y la combustión ha creado la armas de guerras más destructoras y los gases más venenosos que colman nuestra atmósfera; es la ciencia agropecuaria la que ha degradado el medio ambiente... y es ahora la ciencia de lo digital y el big data la que dará forma a los desastres del futuro.
Por tanto, la sociedad científica y su utopía del paraíso por la vía progreso no es infalible. Todo científico honesto lo sabe, pero los mediocres son legión, están atados a jugosos intereses económicos y dirigidos en la mayoría de los casos por los dueños del mundo, que son los que detentan de verdad las palancas del poder real, determinando las coordenadas por las que la sociedad se desliza hacia derroteros inciertos.
La paradoja de la ciencia en nuestro tiempo estriba precisamente en esa mecánica de solucionar y generar problemas al mismo tiempo, una ambivalencia que la ha convertido a la vez en la madre del hijo bueno y del hijo malo. Por todo ello, es hora de que la comunidad científica reniegue de la vanidad y soberbia en la que está instalada desde hace muchos años, vuelva a los pastos de la humildad y explique a la sociedad que la ciencia es vulnerable y errática en su metodología e interpretable desde el punto de vista filosófico si no quiere caer en el terreno de lo doctrinario. Esto no significa que la ciencia se despoje de su orgullo como método de conocimiento, pues hasta la fecha es el medio más idóneo e inteligente con que cuenta la humanidad para seguir investigando las grandes cuestiones y dar solución a los errores del pasado y del presente.. Pero mucho me temo que los árboles no dejen ver el bosque, y que esta vanidad y soberbia científica, unida a una ciencia cada vez más dirigida hacia el interés exclusivo de los beneficios, no sea capaz de virar su rumbo.
Luis Fernando López Silva. Licenciado en Pedagogía y Máster en Periodismo
