Las guerras desde la noche de los tiempos se han librado, por resumir muy mucho, por dos hechos, para dominar y para no ser dominados, es decir, los pueblos han guerreado entre ellos por motivaciones variadas, desde las político-ideológicas, las religiosas, las de conquista y expansión, las causas económicas, etc. Todas ellas se fraguan a corto, medio o largo plazo dependiendo de la voluntad de poder de las potencias hegemónicas con respecto a las potencias emergentes o desestabilizadores del statu quo. Mientras las guerras de la antigüedad se libraban casi exclusivamente por el puro afán de conquista y trascendencia de los vencedores, siendo el factor económico muy residual (guerras médicas), las guerras de la era moderna han estallado por motivaciones casi estrictamente económicas, siendo muy residuales las otras causas (guerras de Irak). Al final, todas estas motivaciones, sean las que sean, son las que conforman el caldo psicológico de un pueblo o de un líder a articular una agresión contra otro pueblo.
Como se ha podido observar en todo el siglo XX y las dos décadas del XXI, la evolución de las guerras y su tablero geopolítico ha virado hacia la complejidad a medida que el mundo globalizado se ha interconectado por la economía y la tecnología. Ante esta situación las guerras han asimilado nuevos criterios de intervención y han ido adoptando y aplicando en sus estrategias los nuevos medios tecnológicos, lo que las convierte en guerras soterradas gestionadas desde la diplomacia y los servicios de inteligencia: guerra económica, ciberguerra, la escalada espacial, la guerra psicológica, la guerra de la desinformación, la propaganda y la manipulación, manteniendo la mayoría de las veces el conflicto bélico directo al margen. Un ejemplo mayúsculo y de rabiosa actualidad de este tipo de disputas económico-tecnológicas es la que mantienen desde hace una década la China emergente con la hegemonía en regresión de Estados Unidos. La batalla no ha hecho más que empezar.
Como no podía ser de otra forma, la guerra de Ucrania, ubicada en el centro de la vieja Europa, se circunscribe dentro del tablero geopolítico que se fraguó tras las II Guerra Mundial y emerge como problema de partes tras la caída de la Unión Soviética y el reinado absoluto de Estados Unidos sobre el mundo. La estrategia americana consistió, con su poder omnímodo, en desplazar las fronteras OTAN y UE hacia suelo ruso, activando la espoleta del posible conflicto entre Ucrania y Rusia como bien venía advirtiendo este último desde antes del 2014 y proceder a realizar operaciones militares en la frontera ucrania. Muchos expertos y diplomáticos con gran experiencia coinciden en que la ampliación de la OTAN es el mayor error estratégico que Estados Unidos ha cometido en estas últimas décadas de dominio absoluto sobre el orbe.
Pero el mundo cambia muy rápido, y los nuevos hegemones, China, India y la nueva Rusia de Putin, han obligado a la inteligencia norteamericana ha cambiar su estrategia de seguridad nacional a marchas forzadas y ese redireccionamiento acarreará nuevas fricciones. Las hostilidades de Rusia hacia Ucrania no son otra cosa que las chispas de las fricciones de los nuevos posicionamientos de las grandes potencias. En este encaje de bolillos geopolítico, podría ser, que tanto la administración de Trump antes, como la de Biden ahora, decidieran conscientemente que, si estallase un conflicto en el corazón de Europa, les sería muy complicado intervenir por los motivos que todos sabemos (conflicto nuclear); pero aún más, ganarían ventaja estratégica y económica, ya que de esta manera matarían dos pájaros de un tiro, además de poner a China en una disyuntiva ante el mundo. De un lado, si la invasión sucediera, tal y como ha pasado, debilitaría enormemente a Rusia y a la Unión Europea tanto a nivel político como económico. Es decir, Rusia, gane o pierda la guerra, va a quedar muy tocada a nivel económico, pues su economía tocará fondo y su nivel de vida se reducirá drásticamente, mientras que a nivel político y diplomático tardará décadas en reparar su prestigio a nivel internacional. En cuanto a la Unión Europea, no nos quedará más remedio que seguir siendo los siervos de la estrategia política y económica norteamericana y tendremos que posponer unas décadas más nuestra emancipación de los intereses geopolíticos de mundo anglosajón, además de haber perdido a muchos años vista la posibilidad de generar una relación sustancial UE-Rusia que fuese actor clave en las decisiones mundiales del futuro y así poder estabilizar las zonas calientes de Europa. Epitafio: el ganador neto de la contienda en suelo europeo es Estados Unidos. Es por esto mismo por lo que ha fracasado el gasoducto Nord stream 2 y ahora el gas estadounidense llegará a Europa.
A pesar de la alta estima en que tiene el mundo occidental a la diplomacia, las relaciones internacionales son un juego muy sucio, una guerra de intereses contrapuestos incesante, un mundo de desinformación y manipulación en la que el espionaje y el contraespionaje están a la orden del día, fabricando mentiras, operaciones de falsa bandera y otra serie de estratagemas para reducir la influencia de país vecino.
Por tanto, es hora de que la sociedad europea entierre su infantilismo e hipocresía en torno a las guerras de los buenos y de los malos. Este conflicto quizá nos haga despertar del soma y analizar seriamente nuestra situación geopolítica de cara al futuro. Hemos de entender que la disputa militar en Ucrania, como casi todas las guerras de las últimas décadas, son guerras diseñadas o de efectos colaterales de las decisiones de las superpotencias. Primero se fabrican mediáticamente (demonización del adversario), después políticamente (bloqueos diplomáticos y sanciones económicas recíprocas) y por último militarmente. Es una partida de ajedrez que no cesa, primero caen los peones, después los alfiles, caballos y torres, y por último los reyes y reinas. Y cuando el vencedor humilla al derrotado, la partida comienza de nuevo. De esto va el poder.
Luis Fernando López Silva. Licenciado en Pedagogía
