lunes. 04.03.2024

El Monopoly agrario

El Monopoly, como bien sabrán los lectores, es un popular juego de mesa estadounidense basado en el intercambio y la compraventa de bienes raíces en el que cada jugador compite por ser el más rico, pero, sobre todo, la misión es arruinar a todos los competidores. Este juego en apariencia inofensivo y divertido es un icono social de nuestro tiempo que representa perfectamente nuestra cultura económica, con lo que no hay que ser muy avispado para deducir que este juego es una auténtica oda al capitalismo más salvaje. Pues bien, las tractoradas que hoy resuenan en la mayoría de países de la Unión Europea no son más que la consecuencia lógica de las partidas, reglas y estrategias del Monopoly real, todo un proceso secuencial en el que el capitalismo globalista y financiero incluyó, años atrás en su agenda, la producción de alimentos como un instrumento más para generar beneficios, debilitar economías y reacondicionar sus estrategias geopolíticas, sin tener en cuenta el tejido social y económico que dinamita. Y es que desde que la Revolución Verde de los años 50-70 subordinó la agricultura y la ganadería al capital industrial, el agro fue perdiendo autonomía y poder de decisión para diseñar la producción agro-ganadera con unos principios más justos y sólidos, en detrimento de los que trabajan la tierra y en beneficio de las grandes corporaciones agroindustriales monopolistas, que son las que verdaderamente, en la sombra, han diseñado todo el entramado agropecuario mundial y que tanto está afectando actualmente a la UE.

Como todos sabemos, la historia de la UE está fundada en los principios liberales, por lo que la economía de mercado es su pilar básico y del cual emana todo su edificio normativo posterior. Y como los padres de aquella incipiente comunidad europea sabían de los desmanes que el libre mercado podía cometer en la producción de alimentos, intentaron poner en marcha unas directrices, de las cuales, nació la PAC, que fue una política pensada para garantizar el autoabastecimiento de alimentos y permitir a la vez que los agricultores y ganaderos tuvieran una renta digna. Para tal menester, se diseñó un complejo sistema de precios, cupos de producción, tierras de descanso e inmensas cantidades de subvenciones directas que, visto lo visto, no han funcionado como se pensaba, pues estas directrices no han sido capaces de poner freno al juego del Monopoly real de los mercados. De hecho, los ha fortalecido y con el paso del tiempo han ido descoyuntando y conmocionado las economías rurales de los países miembros, pues los bajos precios, la baja productividad por la irregularidad climática, la competencia desleal, la especulación, la excesiva burocracia normativa y las importaciones de terceros países han incentivado el abandono del campo, quedando, por un lado una pequeña recua de agricultores y ganaderos rehenes de las subvenciones, y por el otro, grandes grupos de inversión y agro-monopolios de importación y exportación, que son los que verdaderamente obtienen los beneficios del campo e influyen en las políticas de la PAC.

De todo este diseño agroindustrial demente construido por las élites financieras son cómplices los políticos, los sindicatos del campo y los propios agricultores y ganaderos. Los políticos por lacayunos de la clase reinante del dinero y, por ende, ineptos; los sindicatos del campo porque no defienden ni la autonomía ni los valores del agro, pues forman parte del chiringuito creado y subvencionado por los políticos y las empresas de tecnología e insumos agrarios, creando una amalgama de intereses mutuos difícil de quebrar; y los agricultores porque se dejan instrumentalizar por ambos, con tal de que les mejoren las subvenciones, las exenciones, las  desgravaciones, las menores tasas de impuestos, las mejoras en los seguros agrarios y se sientan ficticiamente representados.

Esto no significa que esté todo perdido, pues ni que decir tiene que la autonomía alimentaria de España y la UE hay que defenderla con uñas y dientes y que para eso tenemos que apoyar a nuestros agricultores y ganaderos y revertir muchas de las directrices erróneas y contradictorias que se legislan en los despachos de Bruselas. Como botón de muestra, tenemos la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, qué en el papel, es un plan de acción a favor de las personas, el planeta y la prosperidad, con la intención de fortalecer la paz universal y el acceso a la justicia, y en la cual, se enmarcan las directrices verdes de la PAC. A simple vista, quién no va a estar de acuerdo con tales acciones y principios de la agenda 2030. ¡Pues todo el mundo! Pero resulta que la evidencia real y lo que percibe el ciudadano es que el mundo es cada día más injusto y sucio, la prosperidad es solo para algunos y la paz cada vez está más lejos. De lo que se puede argüir que la agenda 2030 es un trampantojo para seguir tangando al personal, ya que la misma está basada en los principios del globalismo financiero, ese mismo que ha creado la crisis agraria y otras muchas en Europa y el mundo. Porque este globalismo plutocrático y tecnócrata se basa en dos premisas irracionales: la autorregulación de los mercados y la rotación artificial de la economía. La primera les sirve como coartada para que nadie interfiera en la manipulación que provocan a beneficio propio, pues saben a estas alturas que la autorregulación de los mercados es una ficción monumental, y la segunda, les sirve para dirigir los ciclos económicos en las diferentes regiones del mundo como estrategia geoeconómica y hegemónica.

En conclusión, en el Monopoly agrario mundial se pone sobradamente de manifiesto la dialéctica del amo y el esclavo, una situación en la que el esclavo trabaja para el amo, pero solo este disfruta de los beneficios.

Luis Fernando López Silva. Licenciado en Padagogía y Máster en Periodismo

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