martes. 21.05.2024

El conocimiento, ese mágico laberinto de incertidumbres

El conocimiento es un concepto ligado y paralelo a la andadura planetaria del homo sapiens. Primero fue un conocimiento práctico de habilidades de supervivencia y rituales ancestrales transmitidos de los viejos a los nuevos. Después, más tarde, cuando el hombre aprendió a cultivar y criar ganado de modo más o menos sedentario en poblados organizados aparecieron los primeros escritos rudimentarios en barro y madera. A partir de aquí, la escritura simbólica se fue sofisticando y el conocimiento tuvo su primer continente para poder ser acumulado y después ser transmitido en beneficio de la comunidad. Esta primera revolución del conocimiento que duró miles de años finalizó en 1440 con el gran invento de Gutenberg: la imprenta. Esta segunda revolución del conocimiento, produjo una explosión de los conocimientos transmitidos, lo que trajo a su vez una multiplicación de la investigación y la generación de saberes que catalizó en los principios ilustrados y la Revolución Industrial, dando esto lugar casi trescientos años después a la propulsión de la ya casi fenecida, pero prodigiosa era de las tecnologías de la información y comunicación, pues vamos como cohetes hacia la era cuántica de la Inteligencia Artificial y la digitalización, fenómeno que trastocará y convulsionará de nuevo los cimientos de la civilización sin asegurarnos asideros a los que agarrarnos.

Como digo, el conocimiento ha sido y es una herramienta de evolución y poder de primer nivel, pues las civilizaciones que han sabido atesorarlo, generarlo, transmitirlo y aplicarlo en beneficio propio son las que han venido dominando el panorama mundial en los últimos milenios. Un ejemplo clarividente y actual lo tenemos en la pugna que tiene en vilo al mundo actual debido a la rivalidad entre China y Estados Unidos, que se deriva precisamente, de esa hegemonía por el conocimiento tecno-científico y económico. Como vemos, el conocimiento tiene esa fuerte dimensión social y política aplicada desde los poderes, pero también tiene una rica y trascendente dimensión individual y espiritual que sirve al ser humano para conocer y comprender por medio de la razón el mundo que le rodea. Si echamos una mirada hacia atrás en la Historia, el conocimiento siempre estuvo muy jerarquizado y encriptado, pues solo las élites políticas y religiosas tenían un acceso a esas fuentes del saber, pero el mundo moderno y sus libertades abrió esas fuentes a una inmensa mayoría de ciudadanos y democratizó lentamente el conocimiento como nutrimento cultural del individuo. De algún modo, el saber sirvió al humano para independizarse de la gravedad y furia de la Naturaleza y forjarse su propio mundo, ahora sí, dominando la Naturaleza y doblegándola para administrar sus recursos y cabalgar hacia el progreso absoluto. Pero para fastidio de todos, resulta que la fe ciega en el conocimiento es absurda e ignorante, pues de sobra sabemos que el saber está lleno de paradojas e imbricados caminos que, tarde o temprano, terminan por desmontar a veces y de modo violento, la fe en los progresos absolutos y las ideologías utópicas. El conocimiento siempre ha sido un vaivén de honrosas aproximaciones a eso que llamamos nuestra verdad, por eso, quién no sepa advertir que la característica más relevante del conocimiento es su propia precariedad, está condenado al fracaso o a la barbarie. De hecho, gran parte de la ciencia de hoy se dedica a revisionar y solventar los muchos problemas que la ciencia y el conocimiento del pasado diseminaron por el mundo creyendo que poseían el don de la infalibilidad y la verdad.

No es menos cierto, que a medida que la civilización humana se dota de la tecnificación más avanzada a través del conocimiento científico, surgen a la vez las mayores zozobras que jamás haya imaginado civilización alguna, no solo las amenazas y las subyugaciones que se entreven para las poblaciones futuras a nivel tecno-económico, político e incluso bélico, sino la insatisfacción vital individual a medida que la persona conoce más y proyecta su futuro en un océano de conocimientos a la deriva e ingobernable. Por paradójico que parezca, el conocimiento fue en ciertas épocas pasadas un motor de seguridad y confort en lo terrenal y en lo espiritual, o al menos esa era la percepción del colectivo, se creía con gran entusiasmo, que el saber y la razón nos salvarían de los males y nos remontaría hasta los altares del Paraíso,  pero resulta que el conocimiento, indisociable de nuestra civilización, es lo más parecido a un laberinto de incertidumbres por el que transitamos los humanos, unas veces con más fe y otras con menos fe, y que en manos del poder es convertida en una herramienta humana de carácter dual, pues igual que tiene la llave para poner en marcha los proyectos más conmovedores, tiene la llave para abrir la Caja de Pandora. Nuestra civilización actual es lo más parecido a un mago de la antigüedad, con su magia (el conocimiento) pueden hacer el bien y el mal.

Pero al margen de las disputas del poder, la magia del conocimiento reside en esa incesante búsqueda de lo no conocido, o de cómo lo conocido nos alumbra nuevas cosas por conocer, en esa desazón motivante en la que se convierte lo conocido y lo nuevo por conocer. Una espiral de saberes que no sabemos si nos guía hacia la luz o hacia la oscuridad, pero que en ese tránsito intentamos descubrir quiénes somos, de dónde venimos o hacia dónde vamos, y nos interpela continuamente sobre nuestras acciones.

Luis Fernando López Silva. Licenciado en pedagogía

El conocimiento, ese mágico laberinto de incertidumbres
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