miércoles 20/1/21

Como un soplo

Vemos lo que jamás habíamos podido contemplar. Comprobamos como lo grande puede llegar a ser pequeño y viceversa. Presenciamos la belleza y la fealdad de nuestros actos. Disfrutamos de la soledad o echamos de menos la compañía.

Volvemos tras no saber si nos acabamos de ir y no sentimos el camino recorrido. Asistimos a una función en la que no aparece nada de lo vivido. Nos diseñan lo que tenemos que pensar y sentir. Los sonidos que hemos de oír y los colores con los que tenemos que pintar. 

En muchas ocasiones no sabemos lo que nos está ocurriendo y si pudiéramos componer nuestras propias canciones o estamos condenados a repetir como papagayos las de los demás. Entre obscenidades y beatitudes somos por encima de todo gente normal, que disfruta con la música de su tiempo.

Necesitamos entender muchas cosas que nos permita hacer lo que creíamos inaccesibles y otras que parecían fáciles y somos incapaces de llevar a cabo. Nos creemos geniales y poderosos, cuando todo el mundo nos da la razón y nadie nos lleva la contraria porque nos tiene miedo.

Todo cambia con el tiempo y lo que antes nos costaba sangre, sudor y lágrimas, grabar y conservar, ahora es instantáneo, público y universal, lo mismo una conversación en nuestra casa que un alunizaje en la cara oculta de la Luna.

Nuestro mundo está lleno de iconos y símbolos, de caminos virtuales y aplicaciones digitales. En ocasiones nos liberamos por los pelos de la locura y no gozamos de la ficción porque nos quedamos encadenados a una falsa realidad.

Hay tantas miradas como personas y momentos en sus múltiples combinaciones. Lo peor es cuando hay quienes hacen de cualquier relación una amenaza permanente, una falta de sentido común y una ausencia de respeto hacia los demás. Y viajamos imaginariamente de la duda a la certeza.

Hacemos demasiadas tareas mecánicamente , sin atender, sin mirar , sin pensar , cerrando un círculo que no empieza ni termina, abriéndonos las entendederas a otros espacios o tiempos , aunque parezca que nuestra cabeza nos engaña y perdemos el sentido de nuestro ”yo” y el de los otros.

También aprendemos a mezclar cosas, a intentar averiguar dónde están los problemas para encontrar las soluciones, nos lamentamos para no llegar a ningún sitio, y nos rebelamos y no permanecemos callados y sumisos ante la injusticia.

Comenzamos nuestras vidas con la ansiedad de descubrir cosas nuevas y cuando llevamos un largo recorrido hecho, vamos sacándole el jugo a nuestra existencia a base de hacernos las preguntas apropiadas a los momentos que estamos viviendo, sin perder nunca la oportunidad de ser guardianes del silencio.

 Vamos siguiendo nuestro ritmo y encontrando nuestro compás para asombrarnos con lo que la gente nos dice, con las tonalidades de cada sonido y color, con lo baja que están algunas montañas y lo profundas de simas que nos llevan al interior de la Tierra.

De jóvenes nos creemos eternos y que esto es la vida , que es un soplo , es nuestra y para siempre , después vamos aprendiendo relatividad , y a no hablar gratuitamente ni a juzgar a la gente sin valorar su comparecencia y su compromiso.

Con los años parece que perdemos el resplandor y ganamos el brillo sólido y sereno del oro viejo. Tal vez es que nos acostumbramos a decir cosas sin necesidad de recurrir a las extravagancias, quizás porque aprendemos a ganar sin perder la sesera, y aceptamos perder sin caer en la depresión.

Y un día cualquiera nos vamos entre la consciencia y la inconsciencia, la resignación o la indignación, a veces sin avisar, y dejarnos sólo nuestros recuerdos, el eco de nuestras voces o el alma de nuestras ideas que probablemente perdurará en los demás aunque estos no se den cuenta.

Como un soplo
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