Los silencios de algunos personajes cuando deberían dar explicaciones, provocan tensiones innecesarias por asuntos de poca importancia o carácter doméstico. Se sienten atrapados y bloqueados por pequeñas dificultades transitorias .Quienes tienen una responsabilidad política han de ser claros y transparentes en su gestión y están obligados a dar todo tipo de explicaciones y no la callada por respuesta.
No debemos incurrir en la falta de respeto hacia el adversario , no informándoles de nada a lo que tienen derecho por ley, ya que eso no es solo es una actitud nada ética sino antidemocrática. Hay quienes piensan que las instituciones son cortijos de su propiedad.
Una actitud cobarde es no reconocer públicamente los propios errores y guardar un mutismo o intentar echar la culpa a los demás de los propios actos. Los responsables políticos deben saber comunicarse y hablar con precisión y rigor, exige saber escuchar , ya que en demasiadas ocasiones se el dicho que mientras el sabio no dice lo que sabe , el necio no sabe lo que dice.
Es conveniente reflexionar y pensar con detenimiento, lo que decimos a la comunidad, para no estar permanentemente en una cadena de arrepentimientos por aquello que no deberíamos haber dicho, por lo que nunca supimos callar , por no haber sabido guardar silencio en un determinado momento.
Nos comunicamos , nos hacemos entender , lanzamos mensajes no sólo a través de nuestras palabras sino que en muchas ocasiones nuestra opinión se ve reflejada en nuestros silencios, pero no es dar la callada por respuesta por sistema, cuando la oposición nos demanda saber algo que debe conocer.
La necesidad psicopatológica de hablar por hablar , la verborrea inútil que no transmite nada es una enorme tragedia , que se aleja de la sabiduría necesaria para cerrar la boca . Quienes van por la vida bajo el síndrome y más en épocas electorales bajo el síndrome de la inseguridad permanente , necesitan hablar ,hablar y hablar, hasta que alguna vez y por casualidad encuentran algo que decir , tal vez porque desconocen lo que decía Ernest Hemingway : “se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”
Resulta insoportable asistir al lamentable espectáculo de monólogos sucesivos de quienes solo se oyen a sí mismos , los que son incapaces de conversar, de atender a los otros y repiten hasta la saciedad su opinión sin conocer la nuestra.
En la actividad política , es muy frecuente que quienes la protagonizan hagan gala de un alarde excesivo de la palabra, en cualquier momento y en todo lugar son cautivos de sus declaraciones , presos de sus manifestaciones , esclavos de su verbo, ignorando como decía Mile Davis : “el silencio es el ruido más fuerte , quizás el más fuerte de todos los ruidos”
Encontrar el equilibrio entre lo que debemos decir y aquello que nunca debimos expresar , es siempre complicado y difícil. Tal vez sería conveniente siempre, antes de pronunciarse , saber si no tenemos nada ni a nadie a quien escuchar , en segundo lugar reflexionar si realmente tenemos algo que proponer y, finalmente escoger el tiempo para la palabra y el tiempo para callar.
Hay personajes que permanecen mudos para ocultar su vaciedad, mientras están quienes son doctores en hacer la plática más inoportuna en el lugar y momento más inadecuados. , los que resultan babosos hasta el vómito, bocazas hasta la irritación , charlatanes y fanfarrones hasta el dolor de cabeza, pedantes y repelentes hasta quedarse solos o simplemente gilipollas hasta el aburrimiento.
Nuestras palabras para que comuniquen algo tienen que ser creíbles y adquirir su verdadero valor a través de nuestros propios y elocuentes silencios. Superar el escepticismo , la desconfianza y la incredulidad ante el mensaje de los demás , tal vez esté , no en vestirse con los ropajes de la ingenuidad , sino en abrir bien los oídos , enfocar el horizonte con nuestros ojos y abrir un bien los oídos , enfocar el horizonte con nuestros ojos y abrir nuestras manos al mundo.
