domingo 25/10/20

¿Recuerdan el bar de Joe?

Javier Salvador, teleprensa.com
Javier Salvador, teleprensa.com

 

Hace un par de años se recogieron miles de firmas para evitar el cierre de un cobertizo convertido en pseudo pub en pleno parque natural. Recordarán el episodio del bar Joe. Un lugar mítico de Los Escullos con infinidad de referencias en medios de comunicación internacionales, en el que podías encontrar a gente muy pija con aspecto de malotes por un día y algunos moteros de verdad. Polvo, cuero, rock and roll y cerveza a precio de Gran Vía madrileña en pleno paraje idílico. El problema es que el tal Joe no tenía licencia de apertura, bueno de nada, entre otras cosas porque difícilmente podría justificarse una autorización ambiental unificada para un lugar de esas características en un entorno tan protegido.

Pues dos años después, los mismos que me mandaron mensajes para pedirme que firmase un manifiesto de apoyo a aquel establecimiento, me han enviado peticiones de la misma plataforma digital para que me oponga al hotel, alojamiento turístico o lo que sea que se quiere montar en Los Genoveses. Y no lo entiendo.

Defendemos a uno que no tenía licencia y cerramos la puerta a otro que la ha pedido, pero además el movimiento viene desde fuera, desde esas personas que pasan por aquí dos semanas al año y quieren tener el parque natural como ese jardín espectacular, pero sobre todo gratuito, en el que poder llegar con sus remolques para poder meter la puta moto de agua con el todoterreno hasta la misma boca del embarcadero reservado para la flota pesquera artesanal, si hay embarcadero, que si no existe bien vale una rambla medio transitable.

No seré yo quien defienda el hotel de Los Genoveses, ni mucho menos a la Junta de Andalucía, porque ambos tienen recursos para hacerlo muchísimo mejor de como lo están haciendo, pero si que conozco a pequeños empresarios que tienen su modo de vida en San José y en otros lugares del Parque Natural que merecen un mínimo de atención. Personas que saben que sólo pueden trabajar entre cuatro y cinco meses al año, como mucho tres a tope de rendimiento, pero los otros siete que restan se los comen en solitario. Y si que es cierto que los amaneceres y los atardeceres son preciosos, purificantes cuando los ves a las nueve y media de la tarde desde la terraza de un bar en pleno mes de agosto, pero en invierno oscurece a las seis de la tarde, las calles están vacías y no hay teatros, cines ni nada por el estilo, sólo dura vida rural.

Una de las cosas que ciertamente me gustan del modelo norteamericano es que este tipo de decisiones, al margen de la ley marco existente, tienen que pasar la inexcusable aceptación de la comunidad más cercana. Es decir, que un señor o señora de cualquier ciudad del mundo tiene poco que decir de un lugar que han protegido a capa y espada, precisamente, sus propios vecinos.

Esto no es Roquetas de Mar, Almerimar ni ningún otro lugar en el que la presión urbanística ha arruinado espacios naturales como Punta Entinas, Las Salinas y tantos otros. No es Benidorm obviamente, y tampoco quieren serlo, pero dentro de un orden mínimo igual si que toca dejarles a ellos decidir, y no darles lecciones desde la distancia y a golpe de editorial.

 

 

 

 

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