domingo 25/10/20

Las vergüenzas del Covid19

Javier Salvador, teleprensa.com
Javier Salvador, teleprensa.com

 

Asusta un poco observar las consecuencias que el Covid19, o más bien el confinamiento al que nos ha obligado, está generando en algunos grupos de población que empiezan a desmarcarse ya del buenrollismo generalizado que imperó en los primos días de este histórico episodio que nos ha tocado vivir. Sería algo así como el refrán aquel de arrancada de caballo y parada de burro, porque hemos pasado de buscar a cualquier persona necesitada a la que ayudar para así lograr una condecoración en la batalla social de la pandemia, a estar más pendientes de quién sale a la calle y cuánto tiempo tarda en comprar la jodida barra de pan. Parece que los hay a quienes molesta tanto su particular situación, su insatisfacción personal, que no encuentran otra vía de escape que la de intentar joder al prójimo.

Se me pusieron los pelos de punta cuando empezaron a aparecer los carteles en las comunidades de vecinos pidiendo a los trabajadores de supermercados o sanitarios que por la seguridad de todos cambiasen de residencia durante unos días.  Pero aún más peligrosa es esa policía política que nos ha salido en los balcones, que armados con su teléfono móvil graban a todo aquel que tira dos veces al día la basura, al que sale a la calle de más según su experta opinión de vigilante de la ventana, y todas esas cosas que sin darnos cuenta inundan el nuevo patio de chismosos en el que hemos convertido las redes sociales.

Quizás el caso más asqueroso que he visto en esos días sucedió en Cantoria, Almería, donde una chica que sacó dos concejales de once posibles en un pueblo de apenas 3000 habitantes (casi no le votan ni sus amigos íntimos), tiró de una especie de ironía galdosiana para que todo el mundo se enterase de que la madre de la alcaldesa (nueve concejales) había sufrido el coronavirus y no había alertado de ello a la población. Claro que tampoco contó que es una señora enferma de cáncer, con más de dos años de durísimo tratamiento, a las puertas de los 90 años, y que aún así ha sobrevivido a todo. Venía a decir que se alegraba de la recuperación, pero que reprochaba la falta de información, y como pueden imaginar en unas líneas que destilaban cualquier cosa menos preocupación por el prójimo.

¿Hasta dónde vamos a llegar?

Veo diariamente a personas que viven más pendientes de quién sale a aplaudir que de su propia vida privada, gente cuya principal preocupación es dar con la música adecuada para hacer la llamada de las ocho menos cinco, y que todos salgan a saludar a estos pseudoimanes que han convertido sus terrazas en minaretes desde los que llamar a la oración del aplauso con la puesta del sol.

Dejemos a la gente en paz, que cada uno, bajo su propia responsabilidad haga lo que en conciencia crea que tiene que hacer. Debemos entender que el rechazo social sólo es efectivo cuando el aludido se siente excluido de un grupo que le interesa, no cuando se persigue al individuo por incumplir una ley no escrita, porque en ese momento es el que creamos sectores, bandos, rechazos y convertimos situaciones individuales en posiciones colectivas, en oposición reglada a la norma que alguien quiere imponer casi a la fuerza.

La propia demanda social de medidas que nadie sabe si son realmente necesarias, como la petición de test masivos o la criminalización de lo sucedido en las residencias de ancianos, son parte de esas vergüenzas que en unos días se van a convertir en bumeranes que volarán contra quienes los lanzaron. Los test del Covid dependen de quienes tienen las competencias sanitarias, es decir, cada comunidad las suyas. Las residencias de ancianos dependen de los ejecutivos autonómicos y hasta la atención de inmigrantes de cualquier país de origen es una responsabilidad regional. Cómo explicarán PP y Vox en Andalucía que no pueden atender estas demandas de test, asumir la responsabilidad de lo que vienen a llamar geratricidio, o que el dinero destinado a inmigrantes no sea para eliminar estos campamentos de nómadas de la supervivencia, sino para hacerles a ellos test rápidos, proporcionarles auxilio alimentario o dotarles de servicios básicos que afianzarán las posiciones de estos poblados de miseria. Difícil lo van a tener, pero es como cuando una lluvia torrencial llena una rambla y al bajar el nivel del agua descubrimos que los plásticos, la inmundicia arrojada al cauce común, es lo que provocó el desbordamiento. Pues ahora el caudal del Covid19 empieza a bajar y las vergüenzas de la pandemia aflorarán sin piedad alguna.

Ya verán.

 

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