Un cuento para una era cansada

No era invierno en un sentido exacto.

El frío no venía del calendario, sino de otro lugar más hondo: de las pantallas, de las noticias repetidas hasta perder significado, de palabras como guerra, frontera, mercado, enemigo, migración, dichas tantas veces que ya no dolían.

En algún punto indeterminado de esta era —que no es un año ni un siglo, sino una forma de estar en el mundo— la Navidad seguía apareciendo puntualmente. Luces, música, promesas breves de felicidad. Todo parecía indicar que aún sabíamos celebrar, aunque no siempre supiéramos por qué.

En una ciudad cualquiera, alguien se detuvo.
No por fe, ni por nostalgia, sino por cansancio.

Se detuvo frente a una ventana encendida. Dentro no había grandes gestos: una mesa compartida, una conversación imperfecta, manos que no se tocaban siempre con cuidado pero que seguían intentándolo. Nada heroico. Nada viral. Simplemente vida ocurriendo sin permiso.

Y ahí, en esa escena mínima, apareció una pregunta que llevaba tiempo esquivándose:
¿En qué momento confundimos sobrevivir con vivir?

Durante años —quizá décadas— nos enseñaron que pensar era suficiente. Que opinar era participar. Que indignarse era comprometerse. El mundo se llenó de discursos veloces y corazones lentos. Sabíamos nombrar todas las injusticias, pero no siempre sabíamos sentarnos junto a ellas.

Las guerras crecían lejos y cerca al mismo tiempo.
Lejos, porque ocurrían en otros mapas.
Cerca, porque habitaban cada vez más el lenguaje cotidiano: la lógica del enfrentamiento, del ganar-perder, del yo primero, del nosotros solo cuando conviene.

El ser humano, ese animal frágil y extraordinario, empezó a mirarse menos a los ojos y más a los datos. A calcular antes de sentir. A protegerse tanto que olvidó que también se vive exponiéndose.

Pero este no es un cuento sobre el desastre.
Es un cuento sobre las grietas.

Porque incluso en esta era fatigada, algo seguía ocurriendo en silencio: personas que cuidaban sin cámaras, proyectos que insistían sin garantías, gestos pequeños que no cambiaban el mundo pero sí el día de alguien. Acciones que no pedían aplauso, solo continuidad.

Tal vez el error fue esperar grandes salvaciones.
Tal vez el aprendizaje esté en aceptar que lo transformador rara vez es espectacular.

La Navidad, en su versión más honesta, nunca fue un milagro grandilocuente. Fue un nacimiento precario. Un comienzo sin condiciones ideales. Un acto profundamente político: poner la vida en el centro cuando todo invitaba a lo contrario.

Pensar esto hoy no es un ejercicio de fe, sino de responsabilidad.

No se trata de creer que el optimismo lo cura todo.
Se trata de entender que el cinismo no ha salvado a nadie.

No se trata de palabras más bellas, sino de gestos más coherentes.
No se trata de tener razón, sino de hacerse cargo.

Quizá por eso seguimos contando historias. No para enseñar, sino para recordar. No para dictar, sino para abrir preguntas. No para cerrar el año con una frase bonita, sino para entrar en el siguiente con un poco más de conciencia.

Este cuento no termina con una moraleja.
Termina con una invitación silenciosa.

A mirar de nuevo.
A escuchar sin preparar respuesta.
A actuar aunque nadie esté mirando.
A defender la vida —humana, frágil, contradictoria— no como consigna, sino como práctica cotidiana.

Porque aún estamos a tiempo.
No por optimismo ingenuo, sino porque seguimos aquí.
Y mientras haya presencia, hay posibilidad.

Y eso, incluso en esta era cansada,
sigue siendo profundamente navideño.

 

Fernando Barrionuevo y Rosa Muñoz Bustamante. Directores. MECA Mediterráneo Centro Artístico

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