Zigor Zoquete

Juan Antonio Palacios Escobar

Nunca había  sido capaz de tomar las medidas necesarias para conseguir sus objetivos y sus ambiciones desmedidas. Tal vez no se miraba al espejo y cuando por casualidad lo hacía no descubría su inutilidad. Tampoco vivía cada momento en su totalidad, ni se sorprendía por nada ni disfrutaba del sorbo a sorbo de su vida.

No había  aprendido a aceptarse con lo que se sentía entre castrante y castrado. Era especialista en suspender y fracasar en pruebas, exámenes y entrevistas ni podía disfrutar de las cosas y la relación con las persona y se mostraba cerrado a cualquier experiencia y mucho menos a convertirla en positiva.

El sino de Zigor era equivocarse aunque no lo pretendiera. Era tal y como pregonaba en su apellido zoquete por devoción y torpe por vocación. No se comprometía con nada y ni tendía la mano a nadie, lo que le impedía aprender cualquier cosa.

Su padre había sido muy duro en su educación y recordaba los golpes y castigos de los que había sido víctima, pensando que era efectivo de aquello de la letra con sangre entra, en lugar de  sorprender a los otros y rebelarse ante el maltrato.

Tal vez porque confundía combinar las cosas  adecuadamente con convenir con su progenitor cuanto y qué debía estudiar, lo que había que hacer con el aviar diario para no meter la pata, el hallar un tesoro, con el aya que siempre le había cuidado, las horas que le marcaban el paso del tiempo con el orar siguiendo sus creencias.

Cuantas veces en aquel pueblo castellano en el que habían trascurrido  sus primeros años, se había sentado en el poyo para contemplar las evoluciones de los pollos del tío Raimundo cuando se le escapaban del corral. No rehusaba cuando debía reusar la ropa de su hermano mayor con fama de listo y aplicado, el polo opuesto a él mismo.

Entre intríngulis, dificultades y complicaciones, nunca se podían averiguar cuáles eran sus intenciones solapadas y sus intenciones ocultas. A caballo de iniquidades e inequidades, lo malo e injusto y lo desigual se planteaba de tal manera que lo uno le llevaba a lo otro.

Zoquete se mostraba en demasiadas ocasiones cohibido, lo que le hacía inhibirse ante cualquier problema que tuviera que resolver. Era tan bruto que su capacidad de adaptabilidad a las nuevas situaciones, su comprensibilidad de conceptos distintos a los que estaba acostumbrado a manejar y su disponibilidad para emprender acciones diferentes a las habituales, eran nulas lo que en ocasiones le convertían en un sujeto de difícil trato, aunque como en el fondo albergaba una gran nobleza  no concitaba animadversión de los demás.

No opinaba sobre casi nada porque no cultivaba el placer de pensar, y en este devenir de su existencia creía en pocas cosas, y cuando sostenía lo que parecía una posición, o resultaba ser la imitación de otra conducta o terminaba en su seguridad o desconfianza en ir a contracorriente por sistema para reafirmarse.

ZZ era amante de los concursos y los programas de chismorreo en la televisión, aunque últimamente había quedado atrapado por las redes sociales, y formaba parte de múltiples grupos en los que se pasaban textos y videos de todo lo que aparecía en internet, y comunicándose mediante emoticones y manidas y repetidas formulas verbales.