Laura Benítez, teleprensa.com Jaén
No me gusta el fútbol. Así de claro y contundente. Nunca me ha gustado ver el fútbol, ni cuando toda la familia se reunía los domingos para ver el partido de turno de la competición que tocara. Pero… Este año tocaba mundial. Este año prometía un comienzo de verano animado como lo fue hace cuatro años, reuniones de amigos, refrescos, cervezas, tapas, todo al fresco del atardecer.
Pero este año no va a ser así, pero la verdad, como empezaba diciendo, no me gusta el fútbol, así que no he sido de las aficionadas a las que se le han saltado las lágrimas o se ha enfadado y le ha gritado a la televisión.
Así, tras la derrota y la salida del mundial de La Roja, me di cuenta de que los planes han cambiado, ni cervezas, ni reuniones, ni tapas. ¿Y ahora qué?
¿Y ahora qué pasa con los hosteleros que han hecho sus previsiones? Esos empresarios, que mueven la economía de verdad, que han invertido en televisiones, en alimentación y bebida, hasta en banderitas.
Seguro que ayer os llegó el informe en el que se afirmaba que la victoria del equipo español generaría unos beneficios de 510 millones, 21 euros por consumidor, beneficios que al parecer ya no se generarán.
Con esto no crítico al equipo (amén de que no estuvieron muy finos) sino lanzo una simple reflexión acerca de la influencia del fútbol en la sociedad española, así como la necesidad que tenemos (teníamos) de la inyección de moral que supone las victorias del equipo de Del Bosque.
