Juan Galera, filósofo
Cualquier ciudadano ostentaría argumentos suficientes para salirse con la suya en un debate. Pero con todo respeto, y solo en términos de mi escasa eficacia pedagógica, debo decir, que este debate carecería de sustancia. “Acerquémonos”:
Contamos con dos métodos para defender una idea o un concepto. O bien la legitimidad que da la Historia del concepto; o lo contrario; es decir legitimar esa idea si es real y buena, todo ello al margen de nominalismos (nombres, sobrenombres y más nombres) ya que en ese imaginado debate vencería aquél que convenciera a los demás, que la esencia de un nombre común está en el propio nombre. Error salvo para el mundo canino y poco más.
No me interesa tanto -y no lo destaco- por la lejanía temporal y la imposibilidad de volver al concepto monarquía sin actualizarlo, el hecho que, incluso de sí, monarquía obedece a algo más fácil de desgranar: aristocracia. Y parece como si, quienes blanden la bandera republicana fueran dueños de la democracia (por cierto; el sistema más despótico de todos, según el republicano y gran eminencia de la filosofía de finales de la Ilustración, el germano Don Inmanuel Kant, por no considerar aquella, a la minoría (que muy bien podría estar formada en una democracia de cuatro por uno minoritario que fuera Albert Einstein, o Jesús el de Nazaret; y es que suele ocurrir que, en cada etapa histórica han sido las minorías las que han creado un camino de lenguaje adecuado para que todos pudieran vivir en armonía: nuestro lenguaje sigue siendo racional, por Platón y Aristóteles).
Tampoco, es aquél primer método al principio de esta reflexión, tampoco debe echarse mano de la etimología, y constatar que su significado originario es que aristocracia es el gobierno de los mejores, mientras que democracia es el gobierno de todos, incluido yo que poco o nada puedo aportar en el discurso político. Esos mejores ( que cultivaban el amor al conocimiento del bien; la verdad; el arte) se encuentran en “ramales” consanguíneos que provienen –quién sabe- de fuentes menos podridas (Dostoievski) que las mías o las de todos los demás. Pero, insisto, éste no sería el método que yo recomendaría para ayudar en un foro.
La segunda metodología de concreción sobre si Monarquía o República, ya se debe haber intuido; contemplar la realidad y confirmarla con algo suficiente en bondad, verdad y armonía. Si así es, es el concepto esencial y actualizado; con independencia que se llame Monarquía, República o Imperio; puesto que es la realidad la que define el concepto y no viceversa; sí, el concepto es previo a las cosas; sin él, como en el caso del mundo del mosquito o del murciélago no hay cosas. Así, insisto, el concepto que case con la armonía de la Naturaleza o de la Ciudad, lo es. El otro es un invento imposible, un monstruo conceptual, en palabras del mentado Aristóteles y en las mías.
Además, ni en el modo ni en el fundamento hay garantía de calidad en ninguna de las dos banderas. Tanto es así que la elección de un Presidente por quien nunca ha reflexionado sobre lo que digo, no garantiza la tiranía o no, como tampoco la que pudiera albergar Felipe VI, o la Reina. Es el carisma y los hechos históricos y la inclinación de la aristocracia por el referido amor al conocimiento (unido todo ello a la pre-formación toda una vida, desde la niñez, del concepto príncipe, lo que otorgaría un cierto, pero insuficiente, resultado al estandarte de los dos colores. Pero ello, como todo, nos los dirá la crónica del tiempo.
No debo extinguir este propósito, sin elucidar lo contrario a aquello que se ve como tan fácil; la mal llamada democracia en profundidad: hagamos para cada cosa un Referendum; incluso, votemos cada medio siglo una nueva Constitución. Esto es posible. A corto plazo, nefasto: supone el “homicidio” del Principio de seguridad jurídica, la inseguridad jurídica; la que acaba con el concepto de ciudadano, al interrogarse éste cada mañana qué es lo normal, lo legítimo.
De ahí, de la e la colección dialéctica de las votaciones como proceso constante e aritméticamente indiscreto, a la guerra de guerrillas, va un paso.
