Juan Antonio Palacios Escobar
V.V. no eran las iniciales de Vencedor Victorioso, tampoco correspondían a las de mi buen amigo Valle Viana, que fuera el primer parlamentario andaluz de esta Algeciras nuestra, ni tan siquiera para ponerme eróticamente nostálgico a esa musa de la transición que fue Victoria Vera y que encandiló a tanta gente de mi generación con los primeros desnudos del cine español, sino que son las siglas de mi personaje de hoy Valeriano Visionario.
Era un líder, más allá de su imagen y su carisma, que tenía una gran habilidad para crear y articular una visión realista, creíble y atractiva del futuro que surgía y mejoraba a partir del presente. Sabía en qué dirección tenía que caminar, que valores tenía que emplear y que acciones realizar para lograr el resultado deseado.
También era capaz de explicar con claridad y convicción su visión de las cosas a los demás, era un excelente comunicador, pero además en el más difícil todavía era coherente y se comportaba conforme a su verbo, con lo que palabras y hechos tenían una justa y precisa correspondencia.
Valeriano no perdía ocasión para demostrar su profesionalidad, anticipándose con sus iniciativas a las actuaciones de sus adversarios. Coherente y fluido, no perdía el tiempo en especulaciones, conspiraciones, manejos y cacerías políticas, rencores y radicalidades.
Entre gestiones y congestiones , gustaba de ayudar a aquel que le pudiera necesitar, dándose espacio y tiempo para respirar y reflexionar y hacer lo que creyera más conveniente, aunque necesitaba planificar cada paso que daba, lejos de resguardarse o pasar desapercibido en cualquier esquina o rincón.
A pecho descubierto , se descalzaba y era capaz de acompañar a cualquiera que se lo pidiera en el camino, incluso adivinar su necesidad, coloreando la realidad en lugar de ennegrecerla, sin moscas ni mosquitos , sin caer en la simplicidad de rojos y azules, sin comentarios irónicos , ni referencias malintencionadas , ni confusiones innecesarias.
Visionario estaba pasando una etapa complicada, en la que se debatía entre lo necesario y lo indispensable, entre las falsas neutralidades y los rigores, las calidades y las cantidades, los conflictos y las estabilidades, las plazas públicas y los espacios íntimos.
Daba la sensación que tuviera la capacidad de entrar en la mente de la gente, de ser maestro en lograr útiles equilibrios, marcando la diferencia desde el ejercicio del sentido común, con sentido de la realidad y reaccionando de forma adecuada ante los problemas que se le presentaban.
Había aprendido que un mismo problema en situaciones diferentes exige comportamientos distintos, sin presiones ni precipitaciones, con protagonistas y sin extras ni figurantes, sin despistes ni deslices, sin alimentar a los buitres, sin caer en lo imprescindible ni ser víctima de lo superfluo.
Intentaba rebajar las tensiones para evitar nuevos choques, sin etiquetas ni distintivos, sin ladridos ni mordazas, sin copias ni reproducciones, sin complejos ni inseguridades que le atenazaran, demostrando que no todos son lo mismo en el ejercicio público y no son cautivos ni se encuentran desorientados entre delirios de grandeza e ideologías mesiánicas.
VV se había propuesto practicar la claridad y la transparencia en todas sus actuaciones y desde el respeto democrático no tenía miedo a las confrontaciones, pero sabía que tampoco debía resistirse inútilmente a lograr acuerdos y consensos. Pisaba fuerte pero con distinción, siendo portador del secreto mejor guardado. Tal vez ahí estaba la llave de ver las cosas antes que los demás y descubrir lo que otros eran incapaces de hacerlo.
