Juan Antonio Palacios
Parecía broma el cante y el cuento del que la retórica altisonante de nuestro protagonista hacía gala. Su egolatría y su deseo insaciable de notoriedad dominaban todas sus actuaciones. Era un rollista que se creía sus propias mentiras.
Nunca se sabía si iba o venía, si se encontraba presente o ausente, si se conformaba o se rebelaba. En sus contradicciones el nombre le venía como anillo al dedo, Tristán Revuelto, que aunque en ocasiones permanecía quieto y contemplativo, estaba lleno de energía y en ebullición como un volcán.
En realidad más que una fuerza positiva que le llevara a tomar iniciativas era rehén de una hiperactividad que se manifestaba en fijaciones y obsesiones, y que le impedía en demasiadas ocasiones disfrutar de ese maravilloso privilegio de poder escuchar a tanta gente como pasaba por su vida pero a las que en su ceguera psicológica era incapaz de ver.
Aunque se sentía responsable de sus acciones y omisiones, sus coordenadas se movían entre su narcisismo y su cinismo, misiones imposibles y sueños rotos, visceralidades y asombros, estertores, quejas y alaridos. Su alucinación de encontrase en otro cuerpo distinto al suyo, su excitante imaginación fronteriza con la locura, su sensibilidad ante las murmuraciones y habladurías.
Era difícil de sorprender, pero había pequeñas cosas y detalles que le llamaban la atención, como aquel curioso letrero que había leído en una terraza de una cafetería de un pueblo castellano “no tenemos wifi, hablen entre ustedes”, lo que no era una guerra declarada a internet sino una invitación a comunicarse cara a cara disfrutando del placer de una agradable tertulia.
No consentía que nadie le marcará el camino o le dijera lo que tenía que hacer. Sus ganas de comerse el mundo no le evitaba, a veces, sentirse perdido y a la deriva, como un barco sin rumbo ni timón a quien le hubiera sorprendido una tormenta en medio del mar.
Su debilidad emocional le hacía vulnerable a cualquier tipo de conspiración. Sabía que en la complejidad que caracterizaba al mundo de hoy, no era suficiente tener experiencia ni estar capacitado con un amplio curriculum sino moverse con destreza y rapidez en las redes sociales.
A pesar de todo no se consideraba mala persona, sufría frecuentes ataques de ira si alguien intentaba engañarle o pensaba que esto estaba ocurriendo. Con frecuencia negaba la realidad y hacérsela ver tal y como era, lo situaba en el punto crítico y le hacía gritar y pregonar sus enfados a los cuatro vientos.
En los últimos meses notaba que estaba sufriendo una transformación, como una metamorfosis que le estaba convirtiendo en un ser completamente diferente, y notaba como si toda su solidez se desvaneciera en el aire y como lo que antes le parecía una cosa ahora era justo la contraria.
Estaba sensibilizándose con muchas situaciones que no solo no admitía ni se resignaba sino que se rebelaba. Se preguntaba sin obtener respuesta como era posible tal grado de injusticia, en la que el 1% más rico de la población acapara el 90% o más del valor añadido.
Y aún entendía menos que muchos gobernantes se lavaran las manos ante la penuria, la miseria y el sufrimiento de los ciudadanos y dieran la impresión de vivir en otro planeta. Tristán se había humanizado y estaba dispuesto en la medida de sus humildes posibilidades a luchar con todas sus fuerzas para corregir cualquier tipo de desigualdad.
